Cuestiones de Sociología, nº 13, 2015. ISSN 2346-8904
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Sociología

 

ARTICULO/ARTICLE

 

José Aricó y la “crisis de civilización”: la búsqueda de una imbricación democrático-socialista para un desarrollo de la “dilatación de la subjetividad” (1979-1986)

 
Juan Jorge Barbero

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Universidad Nacional de La Plata
juanjorgebarbero@hotmail.com
Argentina

 

Cita sugerida: Barbero, J. (2015). José Aricó y la “crisis de civilización”: la búsqueda de una imbricación democrático-socialista para un desarrollo de la “dilatación de la subjetividad” (1979-1986). Cuestiones de Sociología, (13). Recuperado de: http://www.cuestionessociologia.fahce.unlp.edu.ar/article/view/CSn13a07

 

Resumen
Moviéndonos entre la sociología política y la historia intelectual, abordaremos en este trabajo aspectos de la obra del “gramsciano argentino” José María Aricó (1931-1991). Con una reconocida actividad político-intelectual desarrollada en su país durante tres décadas, el golpe militar de 1976 obliga a Aricó a marchar al exilio. Anclado en México, la temática de la transición a la democracia, acuciante en distintos países de América Latina y de Europa, lo hace desembocar en una serie de estudios sobre vínculos entre la tradición democrática y la socialista, sobre la noción de progreso y sobre el preocupante divorcio que entre cultura y política se viene profundizando desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Siempre con los escritos de Gramsci latiendo en el núcleo de sus preocupaciones, Aricó regresa a la Argentina en 1983. Considerando que ni el liberalismo, ni el marxismo-leninismo, ni el populismo, ni la socialdemocracia pueden ya contribuir al montaje de un “pensamiento fuerte” de expectativas emancipatorias, profundizando además en la temática de la “dilatación de la subjetividad” y en un manejo desprejuiciado de la obra del intelectual reaccionario alemán Carl Schmitt, Aricó ensaya un recorrido inédito, estimulado por la idea-fuerza de una “democracia social avanzada”, capaz de dar respuestas ambiciosas a aquello que viene señalando como una crisis de civilización.

Palabras clave: José María Aricó; Transición democrática; Hegemonía; Democracia social avanzada; Carl Schmitt.

 

José Aricó and the “crisis of civilization”: the search for a socialist-democratic imbrication for the development of "subjectivity dilatation" (1979-1986)

 

Abstract
Moving between political sociology and intellectual history, we will approach aspects of the work of the so called "gramscian argentine" José María Aricó (1931-1991). With a renown political and intellectual activity developed in his country for as long as three decades, the military coup d'état in 1976 forced Aricó to exile. Anchored in Mexico, the theme of democratic transition, present throughout Latin America and Europe, throws him into a series of studies concerning the ties between socialist and democratic traditions, the notion of progress and the disturbing divorce between politics and culture which since the times of World War II continues to deepen. Always with Gramsci work at the core of his questionings, Aricó returns to Argentina in 1983. Considering that not even liberalism, nor marxism-leninism, nor populism, nor social democracy can contribute to the conformation of a "strong thinking" of emancipatory expectations, deepening within the theme of "subjectivity dilatation" and in an unbiased study of the work of  reactionary german intellectual Carl Schmitt, Aricó rehearses an original path, stimulated by the force-idea of a "social advanced democracy", able to give ambitious answers to what he continues to point out as a crisis of civilization.

Key Words: José María Aricó; Democratic transition; Hegemony; Advanced social democracy; Carl Schmitt.

 

La “transición a la democracia”, entre el exilio y el regreso

El intelectual argentino José María “Pancho” Aricó (Villa María, Córdoba, 1931 - Buenos Aires, 1991) fue “un socialista empedernido”, según palabras de su amigo filósofo Oscar Del Barco; “un eje de agregación”, lo considera Beatriz Sarlo; “un comunista italiano, pero en la Argentina”, dice Oscar Terán; “un creador de empresas imposibles”, dice Juan Carlos Portantiero; “un sembrador de paraísos”, vuelve a decir Oscar Del Barco; “un ‘uomo di cultura’”, dice Franscisco Delich. Estas son algunas de las expresiones que las personas que lo conocieron utilizaron para sintetizar una trayectoria político-intelectual extendida por más de cuatro décadas, iniciada en la segunda mitad de los años ‘40 en las filas partidarias del comunismo argentino, del que fue expulsado en 1963. A su liderazgo en las dos etapas de la ya mítica revista Pasado y Presente (1963-65 y 1973) y en el ciclópeo trabajo de edición de los noventa y ocho números de los Cuadernos de Pasado y Presente (iniciado en 1968) debe Aricó buena parte de su primer reconocimiento nacional e internacional. Con el golpe militar del 24 de marzo de 1976 se vio obligado al exilio, y fue México el lugar elegido. Es su libro Marx y América latina, editado en 1980 por sus amigos peruanos del Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación (CEDEP), el que comenzó a hacer girar sus investigaciones en la órbita internacional, siendo hoy por hoy una pieza ineludible para quien quiera acceder a lo más elaborado en asuntos de sociología política contemporánea. Su regreso a la Argentina en la primera mitad de 1983, valiéndose de una atmósfera política en proceso de cambio, lo tendrá perseverante en sus habituales actividades de organizador político-cultural, de editor, de conferencista, de escritor de libros y artículos, actividades que no abandonará hasta su fallecimiento el 22 de agosto de 1991. Su protagonismo en el montaje de la revista Controversia (1979-81), en México, y del Club de Cultura Socialista (iniciado en 1984) y la revista La Ciudad Futura (iniciada en 1986), en Buenos Aires, es una instancia especial en la etapa madura de su producción. Una vez en el exilio, ¿cómo analizó Aricó las cuestiones democráticas y socialistas que lo ocupaban desde el origen mismo de su trayectoria político-intelectual?; de regreso en la Argentina, ¿cómo analizó estas mismas cuestiones, instalado de lleno en la llamada “transición a la democracia”?

Inconveniencia del constitucionalismo liberal clásico

Entre la variedad de espacios y eventos político-culturales en los que Aricó participó en sus días de exilio mexicano, nos importa resaltar el seminario “Hegemonía y alternativas políticas en América Latina”, realizado en la ciudad de Morelia (Michoacán) en febrero de 1980 y coordinado por el mexicano Julio Labastida Martín del Campo a instancias del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. La temática del “Seminario de Morelia” giró en torno a la discusión sobre la funcionalidad metodológica y política del concepto gramsciano de hegemonía. Algunos de los investigadores participantes del seminario, provenientes de distintos puntos de América Latina y de Europa, fueron los siguientes: Ernesto Laclau, Liliana de Riz, Emilio de Ípola, Norbert Lechner, Carlos Pereyra, Chantal Mouffe, Jordi Borja, Ludolfo Paramio, Jorge Reverte, Luis Maira, Juan Carlos Portantiero, Manuel Antonio Garretón, Fernando Henrique Cardoso, Pablo González Casanova y Francisco Delich. Cinco años después, el libro Hegemonía y alternativas políticas en América Latina (México: Siglo XXI, 1985)  reproducirá las ponencias de los conferencistas y será Aricó el prologuista. Adquiriendo en ciertos momentos una tonalidad benjaminiana, dicho prólogo se apoya en la siguiente base, eminentemente crítica y en todo influenciada por el carácter de la transición a la democracia que en la Argentina se estaba dando:

En nuestra opinión, que como es natural puede o no ser compartida, se ha tendido a analizar más lo que existe, lo ya dado, lo que finalmente ha acabado por imponerse, que las alternativas que en la realidad se presentaron para que pudieran imponerse procesos efectivos de democratización y socialización progresiva de las sociedades latinoamericanas. En definitiva, buena parte de la reflexión teórica e histórica estuvo dedicada más al análisis de los vencedores que a la indagación de las alternativas que no pudieron resolver en su favor los vencidos (Aricó, 1985: 11).

No obstante considerar que el destino para América Latina “se llama democracia” (Crespo y Marimón, 1999, 17), muy lejos está Aricó de aceptar el contenido asumido por la transición en la Argentina.

Esto lleva a que el rico potencial de la temática de la hegemonía se erija para el cordobés en un punto neurálgico desde el cual las experiencias transicionales puedan recibir estímulos de momentos creativos de una tradición política específica, la socialista, que enérgicamente lograse desmarcar la orientación transicional de una exclusiva o predominante nutriente liberal: 

Cuando se afirma que los cambios son necesarios pero que es preciso esperar momentos de mayor tranquilidad para hacerlos, se supone que se puede alcanzar la ‘tranquilidad’ sin el cambio. En mi opinión ésta es una de las formas de soñar con los ojos abiertos porque se afirma en una creencia que rechaza las lecciones de los hechos y desplaza a un futuro imprevisible una necesidad del presente. Es difícil imaginar la consolidación de un Estado de derecho en la Argentina sin introducir cambios en la estructura del Estado y de la sociedad que den respuestas a las demandas de intervención colectiva que desbordan las limitaciones y flaquezas de las instituciones del constitucionalismo liberal clásico (Aricó, 1986: 36)

¿Podría crearse, con el potencial que ampliamente se le reconoce al criterio gramsciano de hegemonía, una combinación virtuosa entre las tradiciones democrática y socialista?, ¿podría el Estado de derecho, en su fibra íntima, verse recorrido por el torrente de aquella combinación y ser involucrado y transfigurado en un proceso de cambios estructurales? 

El desafío: democracia y socialismo

Para Aricó, las dificultades para construir una combinación democrático-socialista son mayúsculas; se pone así de manifiesto un desafío que la corriente crítica de las ciencias sociales a su entender debe afrontar. La edición, en 1981, del libro Democracia y socialismo. Historia de los últimos ciento cincuenta años (1789-1937), del alemán Arthur Rosenberg, convertido en el n° 86 de los Cuadernos de Pasado y Presente, enriquece de manera excepcional los insumos con los que Aricó afronta su desafío. Respondiendo a la orientación general del criterio de “democracia revolucionaria”, el libro de Rosenberg, cuya primera publicación en lengua alemana se había realizado en 1938, subraya la posición de Marx y Engels como “comunistas democráticos”: el vinculo estrecho de las expresiones “comunista” y “demócrata” constituye, al decir del propio socialista alemán, “una reunión de nombres que actualmente es muy insólita pero que entonces (1846) era absolutamente normal para todo militante revolucionario” (citado en Burgos, 2004: 307); hace además sobre esta temática una aseveración, por demás contundente, que abre para Aricó (y sigue abriendo para nosotros) un verdadero campo de investigación en la historia intelectual, con incidencias profundas en el terreno político: “si no se toma en cuenta el movimiento democrático masivo de los años 1846-1847, toda la doctrina marxista de la revolución se presenta carente de sentido. Sería como especular sobre el mejor modo de navegar sin disponer de agua” (Burgos, 2004: 307). Demokratie und Socialismus, de Rosenberg, más allá de haberse editado en idioma español por primera vez en Buenos Aires en 1966, con el sello de la legendaria editorial Claridad de Antonio Zamora, es impulsada por el grupo Pasado y Presente para su reedición, que sostiene en la “Presentación” (según Burgos, seguramente escrita por Aricó) que “la historiografía marxista contemporánea no ha producido desde entonces una contribución del mismo nivel sobre el tema” (Burgos, 2004: 307); se resalta además su acentuadísima pertinencia para afrontar desde cierto ángulo las más caras exigencias político-culturales de los años ‘80: “los acontecimientos históricos más recientes no han dejado de poner al orden del día el problema teórico-práctico capital de la relación democracia-socialismo” (Burgos, 2004: 307).

En Aricó, la búsqueda de recursos históricos que sustenten la amalgama de las tradiciones democrática y socialista se hace persistente. Así, las no muy lejanas experiencias de oposición al “socialismo real”, primero la del Octubre polaco-húngaro de 1956, luego la de la Primavera de Praga de enero-agosto de 1968, aparecían como respuesta a regímenes rápidamente devenidos apéndices de la URSS que habían abandonado sus promesas de origen. Aquellas rebeliones ensayaron dar masividad a un “socialismo con rostro humano” que parecía querer recorrer el camino de la “emancipación humana” expuesto por el joven Marx de Sobre la cuestión judía, dando protagonismo a consejos obreros en el desarrollo de una economía en proceso de industrialización y a mecanismos político-institucionales de democracia directa en las instancias municipales. En estas iniciativas populares de oposición en Europa del Este, había un momento originario que Aricó aspiraba a rescatar, inexplicablemente desaprovechado en su momento, incluso menospreciado, que de excelente modo podía alimentar los esfuerzos con que en los años ‘80 se afrontaban las disputas por el sentido de las transiciones a la democracia: 

Resulta curioso que en toda esta discusión actual sobre democracia y socialismo mientras se habló de muchas cosas, otras pasaron bastante ignoradas. Una de ellas es que la discusión más tensa, pero con enormes posibilidades de resolución positiva en el plano de la política, fue la que comprometió a socialistas y comunistas europeos –y no sólo a ellos, pues el “browderismo” debe ser también colocado en ese terreno– a fines de la segunda guerra mundial. En los años 1945-1947, los procesos de transición encarados en los países de Europa oriental partían de la unidad socialista y comunista (no organizativa, sino política y de objetivos) para proponerse la construcción de una democracia avanzada (“nueva democracia”) con base en las reformas de estructuras y el pluralismo político. La alianza del bloque obrero urbano (socialista y comunista) con los partidos campesinos, que eran verdaderas expresiones de masa del mundo rural predominante en aquellas sociedades. Rechazado el modelo soviético como único y excluyente, el método democrático aparecía como connatural al proceso de transición a una forma de sociedad autorregulada (Aricó, 1980: 15).

La oposición en Europa del Este: un descuido inexplicable

En la segunda mitad de los años ‘40, tiempo en que ocurría ese olvidado momento originario de Europa del Este, Aricó vivía sus primeros días como afiliado y aspirante a intelectual-militante del Partido Comunista argentino. En 1948, para el centenario de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, las conferencias no escasearon en un partido comunista culturalmente activo e intenso. Según recuerda Aricó, en aquellas conferencias (incluso en las que el propio Vittorio Codovilla brindaba) se exaltaban las experiencias de Europa del Este, sin dejar de enfatizar la decisión con que esas “democracias populares” comenzaban a crecer como “democracias socialistas”. En aquel momento, el empeño por una imbricación dinámica de las tradiciones democrática y socialista, que se había hecho añicos durante los traumáticos treinta años de despliegue de la URSS, constituyó un aporte de especial envergadura que las experiencias de Europa del Este, con una valentía cultural y política que les otorgaba una fuerte identidad histórica, habían puesto en circulación en ese escenario internacional al que el Partido Comunista Argentino estaba siempre atento. Pero el extendido peso de la política rusa, luego de su papel descollante en la Segunda Guerra Mundial (con el condimento del tenor de su política exterior), no brindó oxígeno para la expresión de heterodoxias en aquellas sociedades sobre las que comenzaba a ejercer un control directo; y Aricó intenta mostrar algunos de los momentos más significativos de esta lamentable neutralización político-cultural de la que el propio Partido Comunista Argentino acabó siendo parte:

El noviazgo entre democracia y socialismo duró muy poco tiempo. En realidad, ya estaba roto con los acontecimientos que condujeron en septiembre de 1947 a la constitución del Cominform, aunque el cambio de ruta apareciera públicamente por los mismos días de las conferencias codovillianas cuando la resolución condenatoria de Yugoslavia, lanzada por el Cominform el 28 de junio de 1948, frente al estupor y la incredulidad del movimiento comunista mundial, mostró que el período de las “vías nacionales” quedaba clausurado quizás para siempre (Aricó, 1980: 15).

Pero las “vías nacionales” que en un primer momento se habían proyectado en Europa del Este (y los movimientos de oposición al “socialismo real” que luego irrumpieron en el período 1948-1968) podían ser provechosamente recuperadas como apoyo para pensar los procesos de transición a la democracia en la Argentina y en el resto de América Latina. Al fin y al cabo, el historial del Pacto de Varsovia mostraba el carácter contrarrevolucionario de lo que protegía y dejaba por consiguiente en evidencia la riqueza que sus víctimas donaban a las posibilidades de imbricación dinámica democrático-socialista. Pero, bajo los efectos del XX Congreso del PCUS en 1956, ¿por qué en su momento las disrupciones de Europa del Este no habían tenido mayor presencia en las preocupaciones de Aricó? A esta pregunta el cordobés respondía, en una de sus últimas entrevistas a pocos días de su fallecimiento, con un rutilante y expresivo no lo entiendo, no lo podría… no logro…”1. Ante el desafío de Aricó de insertar la cultura socialista en la apertura de instancias de democratización, eran los años ‘80 los que daban crédito al ejercicio selectivo de la memoria política que recuperará aquellas experiencias luego de un descuido que se tornaba inexplicable. En este sentido, parece haber vuelto a la mesa de trabajo de Aricó la fuerza argumental de “El stalinismo y la responsabilidad de la izquierda”, aquel artículo suyo con que se inauguraba la sección “Mundo contemporáneo” del número 2/3 de Pasado y Presente, allá por la segunda mitad de 1963. Quizás la razón fundamental de la recuperación de aquella rebeldía de Europa del Este era su lección de que la lógica democrática no debía ser instrumentalizada como terreno táctico para operaciones revolucionarias que de socialistas sólo tenían pretensiones y suposiciones, sino que debía ser la atmósfera, convertida en “valor universal” del desenvolvimiento del socialismo como un movimiento de masas capaz de extender y profundizar procesos de democratización que lo abarcaban.

Pero siendo diverso, el ideal socialista se sostiene como tal sólo a condición de admitir al método democrático como camino de su efectivización. Sólo así el mundo incontenible de lo diverso y de lo complejo puede abrirse paso de una manera no negativa, sino positiva, como una nueva forma de vida moral y cultural de masas (…) La pluralización social, y por lo tanto el método democrático de resolución de las diferencias en eterno proceso de aparición y desaparición (los “nuevos sujetos sociales”), aparecen así como los fundamentos sobre los cuales el socialismo puede abrirse paso (Aricó, 1980: 16).

Con los nuevos sujetos sociales que se presentaban en los años ‘80 podía recuperarse el sentido que a la historia social del siglo XX imprimieron la rebeldía yugoslava del ‘48 y las reacciones opositoras de los años ‘50 y ‘60 en Polonia, Hungría y Checoslovaquia ante sus propios gobiernos y ante una URSS omnipotente, omnipresente, omnisciente. Son estos nuevos sujetos sociales, desde su pluralidad y plasticidad, los que pueden viabilizar la perspectiva de Aricó de imbricar democracia y socialismo desde la dimensión de lo público-social, para impactar con fuerza en las dimensiones del individualismo posesivo y del Estado:

La admitida dialéctica entre democracia y socialismo fue rota no simplemente porque los comunistas eran y son autoritarios por su teoría y por su práctica política. Dejando de lado este problema que requiere de un discurso distinto, hay que reconocer que esa dialéctica se rompió porque toda propuesta de transición, en la medida en que está colocada necesariamente en un plano productivista, es esencialmente autoritaria y genera tensiones que acaban por apagar la democracia. No se puede reorientar en un sentido anticapitalista el funcionamiento de la vida económica de una sociedad sin una decisiva presencia del estado. Pero un proceso de estatalización creciente de la sociedad provoca un sofocamiento cada vez mayor de los espacios democráticos. Este es el dilema que se planteó en aquel entonces y es el dilema en que están encerrados los procesos de cambio hoy (Aricó, 1980: 15).

Desde el exilo mexicano, partícipes de una perspectiva renovadora de la izquierda latinoamericana, los peronistas y los marxistas que integran la revista Controversia hacen esfuerzos denodados para explicar (y explicarse) lo que consideran una derrota de las clases populares argentinas de los años ‘70 y expresan un objetivo general que contempla su retorno a la Argentina: “reflexionar críticamente sobre temas centrales para la reconstrucción de una teoría política que pueda dar cuenta de una transformación sustancial de nuestro país” (AA. VV., 1979: 1). En esta reflexión (auto)crítica planteada por Controversia, que sin cambiar palabra podría haber sido escrita por Aricó en una nota suya para intentar la “reconstrucción de una teoría política”, podemos apreciar un nudo de intereses que, en rigor de verdad, será común a no pocos exponentes del campo intelectual y político latinoamericano. Para considerar sólo uno de los varios exponentes, este nudo de intereses contará con grandes aportes de la intelectualidad brasileña, con influencias que se proyectarán directamente sobre la formación del Partido de los Trabajadores en el despuntar de los años ‘80. Producto sobresaliente de esta intelectualidad brasileña, en la que la herencia de Gramsci adquiere una presencia imposible de exagerar, el libro de Carlos Nelson Coutinho, La democracia como valor universal (San Pablo, Libraría Editora Ciencias Humanas, 1980), que todavía llamativamente no ha recibido traducción al castellano, es un indicador de esta atmósfera de renovación en la cultura de izquierdas latinoamericanas. Sobre el libro de Coutinho, resaltamos la explícita influencia de argumentos del político Enrico Berlinguer, líder del Partido Comunista italiano y artífice de aquella estrategia “eurocomunista” que, en la segunda mitad de los años ‘70, circuló como seductora promesa en los países de la Europa latina, con su arquitectura política diseñada en los Partidos Comunistas de Italia, de Francia y de España. En esta corriente renovadora de la izquierda latinoamericana, el Seminario de Morelia aparece como un espacio de confluencia de referentes intelectuales desde el cual, a través de una labor de actualización y perfeccionamiento del criterio de hegemonía, se busca interceder en el desarrollo de las ciencias sociales e intentar crear canales de confluencia con proyecciones políticas de las clases populares.

En primer lugar –dice Aricó– convendría insistir sobre el sentido del seminario, que no se propuso analizar cómo y a través de qué caminos se impuso históricamente la hegemonía de las clases dominantes en las naciones latinoamericanas, sino, más bien, cómo y a través de qué procesos y recomposiciones teóricas y prácticas puede construirse una hegemonía proletaria, o popular –la definición ya constituye de por sí un tema de debate– capaz de provocar una transformación radical acorde con las aspiraciones democráticas de las clases trabajadoras del continente (Aricó, 1985: 11).

El intolerable divorcio entre cultura y política

¿Encontrarán determinados agrupamientos intelectuales, incluyendo a los protagonistas del ámbito académico, modalidades de intervención pública que contribuyan a suturar la herida profunda entre cultura y política? Parafraseando a Marx, “ni la crítica se ejercía como arma, ni las armas necesitaban de la crítica para encontrar un fundamento” (Aricó, 1985, 12). Esta expresión marxiana de la que Aricó se hace eco tiene relación directa con la realidad latinoamericana de la primera mitad de los años ‘80, lo que significa que, al menos desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, la desconexión entre corrientes críticas de investigación social y propuestas políticas de transformación social se ha hecho insoportable. A modo de ejemplo y antecedente es la trayectoria del italiano Antonio Gramsci (sin olvidar la del peruano José Carlos Mariátegui, epicentro de la sensibilidad de Aricó), en la que las dimensiones cultural y política buscan dramáticamente articularse, la que nos pone en aviso sobre la necesidad de reconocer la magnitud de este problema para afrontar las innumerables dificultades que implica cualquier intento serio de superarlo. La ausencia de vasos comunicantes entre cultura y política que Aricó subraya toma la dimensión de un flagelo y se convierte en un problema que la intelectualidad crítica con capacidad de llegada a suelo latinoamericano deberá solucionar en pro de la creación de condiciones para el desarrollo, por definición simultáneo, de una “conciencia nacional-popular” y una “reforma intelectual y moral”.

La irreductibilidad de Gramsci a Lenin

Dejando a un lado en este trabajo los aspectos atinentes a la base histórica de sustentación de la noción gramsciana de hegemonía, nos importa en cambio referirnos a la morfología de dicha noción, de la cual Aricó enfatiza la creatividad de Gramsci para superar la idea de “alianza de clases” que se desprende de la propuesta leniniana, encontrando en la noción de “bloque histórico” la fuerza para efectivamente subsumir y superar a la “alianza de clases”. Con la creatividad de este aporte, Gramsci agudiza la crítica a todo aquello que pueda enclaustrarse en posiciones “económico-corporativas” y que sea portador de una serie trágica de imposibilidades que anulen en las clases subalternas la posibilidad de “devenir Estado”. Si bien la superación gramsciana de la noción de alianza de clases supone a Lenin, a Aricó no le tiembla el pulso a la hora de subrayar la decisiva irreductibilidad de Gramsci a Lenin. La morfología del criterio gramsciano de hegemonía, que toma definitivamente cuerpo en la cárcel mussoliniana en la primera mitad de la década del ‘30, aparece como eficaz antídoto ante la “crisis del socialismo” (no sólo del marxismo) que ampliamente circula en la década del ‘70 y en la que Aricó se ve directamente involucrado, concentrándose así en Gramsci el repertorio argumental sobreviviente de un corpus marxista largamente paralizado. A mediados de los años ‘80, con treinta años acumulados como estudioso de Gramsci, Aricó reconoce en su legado intelectual y político (y también moral) una potente capacidad operativa para afrontar con ambiciones transformadoras las transiciones a la democracia en América Latina; así se evita que los sectores populares sean enfriados o cauterizados en un Estado de derecho ganado por la corriente liberal.

La lectura de Aricó sobre las intenciones de fondo del Seminario de Morelia, principalmente sobre lo que deja respecto al aporte de Gramsci y a la morfología del criterio de hegemonía, lo hace desembocar en profundos interrogantes sobre la constitución de las clases populares y su comportamiento político:

Un problema que afloró con particular agudeza en el seminario versó precisamente sobre la validez del principio teórico y político del proletariado como clase fundante, como soporte histórico y social de una nueva forma de sociedad. Algunos ponentes analizaron con mucha claridad los peligros que implica pretender deducir de las posiciones que se ocupan en las relaciones de producción ciertos comportamientos sociales que permitan establecer por sí mismos la constitución de sujetos sociales soportes de transformaciones radicales. La concepción de sujetos sociales “preconstituidos”, que deriva de una lectura ingenua del pensamiento de Marx pero que sigue siendo aplastantemente dominante en el sentido común marxista, se convierte de tal modo en la matriz esencial del reduccionismo economicista, limitación que con distinto énfasis los participantes del seminario tendieron a considerar como la traba fundamental para la reconquista de la capacidad explicativa y proyectiva del marxismo (Aricó, 1985: 14).

Textos como los hasta aquí citados nos obligan a una matización de ciertos aspectos de la interpretación de Raúl Burgos en su magnífico libro Los gramscianos argentinos. Cultura y política en la experiencia de Pasado y Presente, cuando dice que la participación de Pasado y Presente en el proyecto socialdemócrata del gobierno de Raúl Alfonsín llevó al grupo “a sobrevalorar la democracia política en detrimento de la democracia social, adoptando una visión fuertemente ‘institucionalista’ o ‘hiper-politicista’ del proceso de transición”, llevándolo también a un “debilitamiento relativo del lugar de las ideas gramscianas en las posiciones teóricas del grupo” (Burgos, 2004: 16). Si bien esto puede aplicarse a varios integrantes del grupo (como, por ejemplo, a Juan Carlos Portantiero), no creemos que pueda aplicarse a Aricó. Aunque Aricó no estuvo del todo ajeno a casi ningún posicionamiento de integrantes destacados del grupo, esto nunca lo llevó a la sobrevaloración de la democracia política en detrimento de la democracia social, ni a la adopción de una visión fuertemente institucionalista o hiper-politicista respecto a la transición a la democracia, ni tampoco a un debilitamiento de los escritos de Gramsci en la trama de sus investigaciones. Todos sus libros y gran parte de sus escritos e intervenciones públicas lo evidencian claramente, como los fragmentos de textos que aquí seleccionamos para mostrar ciertos aspectos de sus estudios entre los años 1979 y 1986. Tanto las fuentes como los resultados de su intensa búsqueda de una combinación inédita entre democracia y socialismo colocan a cualquiera de los giros institucionalistas e hiper-politicistas de Aricó (que no faltaron) en lugares acentuadamente menores y periféricos de su producción. En este sentido, nos parece imprescindible recordar el remate de la nota, a propósito del reciente fallecimiento de Aricó, escrita por Portantiero, publicada en el n° 56 de la revista peruana Socialismo y Participación, de diciembre de 1991: ante la pregunta esgrimida por Aricó en el prólogo a su libro La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América latina “¿se puede imaginar una democratización radical de la sociedad si no se incorpora de algún modo la hipótesis-límite de otra sociedad en la que se vuelva innecesaria la existencia de gobernantes y gobernados?”, Portantiero responde: “No, hermano querido, no se puede” (Portantiero, 1991: 10). Esta minúscula situación es, a nuestro entender, grandemente expresiva de las no pocas ni menores diferencias que surcaron el grupo Pasado y Presente, y es además expresión indirecta de que no creamos que le corresponda a Aricó aquellos giros atribuidos por Burgos al grupo; el cordobés sostenía en el núcleo mismo de sus preocupaciones una serie de interrogantes, al fin y al cabo motores de todo un programa de investigación y militancia, siempre abierto y en ebullición, que no dejaban de orientarlo hacia una “transformación radical” de la sociedad. De este modo, consideramos que, en más de una cuestión fundamental, el aporte de Aricó hay que distanciarlo del grupo Pasado y Presente, sin esquivar aquellas ocasiones en las que resulta necesario incluso contraponerlo.

Hacia la creación de un nuevo criterio de progreso

¿Podría suturarse la intolerable herida entre cultura y política? Las clases populares y la cultura socialista no encontrarán puntos de conexión si a esta honda herida no se le dan soluciones concretas. La fundación del Club de Cultura Socialista a mediados de 1984, en Buenos Aires, intentará dar respuestas parciales a esta pregunta. En la Declaración de principios del Club, texto colectivo en el que aparece el nombre de Aricó como “presidente” de la comisión directiva, podemos constatar ciertas líneas maestras del discurso en el que el cordobés viene instalándose desde los días de exilio y con el que, de nuevo en su país, continúa la lucha por llenar a la imbricación democrático-socialista de un contenido innovador:

Para encontrar el paso humano de las cosas hoy es necesario pensar posibilidades nunca exploradas, alternativas no recorridas, que permitan aceptar la contradictoriedad de lo moderno. Y sólo así es posible indagar por los caminos que permitan adecuarla a las necesidades de los hombres. Porque somos parte de la crisis y porque no podemos ya confiar en que exista un camino que nos permita “alcanzar” a las grandes democracias occidentales, los argentinos, como los latinoamericanos, quizás tengamos ante nosotros una posibilidad inédita de imaginar y recorrer un camino alternativo al seguido por los países centrales, prisioneros como están de una dinámica incontrolada y perversa del desarrollo y de una forma enajenante de la vida social. (…) Y una nueva cultura socialista que conlleve una nueva concepción del cambio y de sus instrumentos, sólo puede elaborarse a partir de la crítica del espíritu y de las prácticas estatalistas y autoritarias que dominaron las sociedades post-capitalistas de este siglo. Revisar ese legado estatalista, patrimonio tanto del leninismo y sus variantes cuanto de la socialdemocracia, que hace del Estado el instrumento privilegiado –por no decir único– de la transformación social y que concibe al socialismo como un orden que se construye de arriba hacia abajo, es una de las condiciones de innovación para no caer en los estereotipos del pasado y ser víctima de sus efectos totalitarios (AA. VV., 1984: 41).

El carácter inédito que Aricó le intenta dar a la integración entre democracia y socialismo se desprende de un “mar de fondo”, de larga data, que aún no ha sido visto. Esa entidad de inasible dinámica que conforma la presencia dominante de lo diverso y lo contradictorio, y que fue complicando a las distintas versiones del capitalismo y al socialismo real en el transcurso del siglo XX, es identificada por Aricó como “dilatación de la subjetividad”; pone así descarnadamente en evidencia que lo político dejaba de concentrarse exclusivamente en el Estado. Es una realidad que “rompe los ojos”; sin embargo, la cultura socialista ha estado lejos de advertirla. En esta omisión quizás encontremos lo más agudo de la denominada “crisis del socialismo”, pero también de la denominada “crisis de la democracia”. La búsqueda de Aricó de integración dinámica democrático-socialista enfrenta con radical consciencia esta doble y simultánea crisis y nos lleva a la convicción de que precisamente en esta encrucijada descansa el meollo de su perspectiva respecto a la transición a la democracia. Dicho de mejor manera, la “dilatación de la subjetividad”, que experimentó hasta los años ‘80 un sostenido crecimiento, requería ahora experimentar un desarrollo, y este pasaje exigía (de eminente contenido cualitativo) una refundación teórico-práctica tanto de la democracia como del socialismo. En la urticante obra El concepto de “lo político” del intelectual reaccionario alemán Carl Schmitt, cuya edición en español Aricó promueve desde la editorial Folios en 1983, se encuentran para el cordobés elementos que iluminan inmejorablemente este proceso y a través del cual podemos evaluar (críticamente) los programas políticos que en el siglo XX hizo surgir como respuesta:

Creer que en las nuevas situaciones en que se presenta el problema de la guerra, y en un mundo en que el Estado ha perdido el monopolio de lo político –como lo pone claramente en evidencia el debate teórico actual sobre la llamada “crisis de la democracia”–, pueda éste reconquistar el “aura” que el corrosivo análisis schmittiano contribuyó a disolver, sería una vana ilusión, otra tentativa estéril de retornar a un mundo definitivamente sepultado. La consumación de un proceso que ya no puede impedir la irrupción de nuevos sujetos y la generalización inaudita de la política marca un momento de traspaso de época histórica. La notable dilatación de la subjetividad (…) no pareciera ser integrable a través de los mecanismos de una sociedad altamente conflictuable en Occidente, o de un sistema fuertemente ideologizado como en los países de socialismo “real”. La diversidad de lo real muestra hoy (…) la materialidad de un sujeto que se presenta como irreductible al sueño utópico de una sede privilegiada –sea el estado, el partido o la iglesia– desde la cual se dicte la ley al mundo (Aricó, 1984: 20).

Una dilemática “democracia social avanzada”

Si para Aricó debe evitarse que el constitucionalismo liberal clásico sea la corriente exclusiva o predominante en el proceso democrático, hay que evitar también que las expresiones del marxismo-leninismo, del populismo y de la socialdemocracia lideren la influencia sobre las posibles proyecciones socialistas. Pocos elementos se encontrarán en esas experiencias que sean requeridos por los nuevos ensayos, siempre tendientes al desarrollo integral de la personalidad humana. Las pautas de trabajo de Aricó parecen señalarnos que la crítica político-intelectual debe tomar más que nunca el camino de la creatividad: moviéndose a la manera de un péndulo, yendo de lo olvidado a lo inexplorado, intentando la recuperación-reconceptualización de aquellas posibilidades que las luchas de las clases populares argentinas y de otras geografías dejaron pendientes. Una expresión dominada por cierto espíritu de modernización, la de “democracia social avanzada”, es el nombre que toma este auténtico desafío a la imaginación sociológica que en el momento fundacional del Club de Cultura Socialista, con la pluma de Aricó que creemos adivinar, se pronuncia con orgullo:

Estamos convencidos de que (…) nuestra realización como nación de democracia social avanzada no puede ser ya –en el caso de que alguna vez lo haya sido– la recuperación de caminos antes recorridos (AA. VV., 1984: 40).

Y no es superfluo que en determinadas circunstancias los desafíos adquieran un nombre, capaz incluso de transformarse en idea-fuerza con la que atacar aquello que en la Declaración de principios se denomina crisis de civilización y que no puede dejar de resultar evidente “para quien sepa leer la prosa del mundo” (AA. VV., 1984: 40). Si algo está en condiciones de asegurar Aricó, y algo de esto ha quedado dicho ya, es que la crisis de civilización será imposible de superar con los criterios productivistas que ampliamente han sido aceptados, hasta el punto brutal o grotesco de la naturalización, en un mundo regido por los valores de los principales contendientes de la Guerra Fría, que no dejan de “insistir en un camino de desarrollo que potencie indiscriminadamente la supuesta necesariedad de los procesos económicos, científicos y tecnológicos tal cual ellos se dan” (AA. VV., 1984: 40). El espíritu de modernización, que en Aricó acompaña a la expresión “democracia social avanzada”, está dotado de un punto de vista crítico respecto al tipo unidimensional de modernización en el que ha caído la racionalidad occidental en el transcurso del siglo XX. Para Aricó, el aún no registrado fenómeno de la “dilatación de la subjetividad”, que deja entrever las implicancias estructurales que una cabal asimilación de este fenómeno tendría en la cultura y en la política de nuestras sociedades, obliga a impulsar la diversificación de la racionalidad occidental. Múltiples racionalidades fueron desplegadas por diferentes actores sociales en distintos momentos y lugares del siglo XX, pero han muerto por sofocación ante el reinado de la racionalidad instrumental (por mencionar algo, la mutilada trayectoria soviética en los primeros años de la Revolución rusa y los consejos obreros en la Europa de entreguerras deben considerarse ejemplos fuertes de racionalidad no instrumental derrotada). Ubicándonos en ciertos lugares de la teoría social contemporánea y aceptando observaciones de Jürgen Habermas, quizás encontremos en las opciones políticas de la sociología de Max Weber (atendiendo a lo que consideramos negativas consecuencias de su pesimismo) un síntoma del hecho de que la extensión de la racionalidad occidental llegara a coincidir casi totalmente con la de la racionalidad instrumental. Desarrollos críticos del dominio de la racionalidad instrumental no faltaron ni en la cultura ni en la política, pero en términos de “relaciones de fuerza” estuvieron a un abismo de poder diversificar la gramática institucional del proceso histórico contemporáneo, del cual la racionalidad instrumental fue a la vez causa y efecto. Y por si esto fuera poco, vemos que las consecuencias de este proceso agravaron la situación del pensamiento crítico cuando advertimos que experiencias masivas que se proclamaron del socialismo acabaron siendo vanguardia y, peor aún, aceitadas correas de transmisión de aquella exitosa evolución institucional de la racionalidad instrumental.

¿A modo de conclusión?

¿Para qué editar nada más y nada menos que a Carl Schmitt, a fines de 1983, en pleno despertar del proceso de transición a la democracia en la Argentina? En Aricó, el salto cualitativo que sobre sí misma y de manera urgente debe imponerse la cultura socialista será viable si se dispone a medirse con aquellas construcciones intelectuales y políticas que, por distintos caminos, incluso por los más insospechados, han brindado los mejores elementos de interpretación del siglo XX. En una operación cultural de este tipo, de reinserción de la cultura socialista en el amplio escenario de la cultura contemporánea, podrán crearse condiciones óptimas para identificar y desarrollar en todos sus términos la cuestión de la “dilatación de la subjetividad” y para abrir posibilidades de politización de las clases populares, entrando en frontal contraste con cualquier dinámica de Estado que porfiadamente pretenda secuestrar en sus mecanismos toda la energía de lo político (lo que significa para Aricó una razón más que suficiente para un redescubrimiento-relanzamiento de los escritos de Gramsci). Y la obra de Schmitt nos permitiría ver algo más general: cómo a lo largo del siglo XX, producto de injustificables criterios dicotómicos, la lógica de las estatizaciones se opuso y acabó obstaculizando la lógica de las socializaciones. Para Aricó, el fenómeno de la “dilatación de la subjetividad” llegaba a los años ‘80 como la variopinta y movediza plataforma de la cual partir para encarar la doble crisis, la de la democracia y la del socialismo; y es una inédita combinación de ambas tradiciones la que puede brindarle a aquel fenómeno posibilidades que ninguna de las creaciones políticas del siglo XX le ha brindado.

Sería completamente erróneo darle al explícito antiestatismo de Aricó el carácter de una negación de la intervención estatal: para el cordobés, siguiendo la estela de Gramsci, distintas formas de intervención estatal son patrimonio irrenunciable de aquellas corrientes críticas de la cultura política de la modernidad; como ya lo hemos citado, para Aricó “no se puede reorientar en un sentido anticapitalista el funcionamiento de la vida económica de una sociedad sin una decisiva presencia del Estado”. Así, mucho y decisivo es para Aricó el “interés público” que la actividad estatal debe desplegar sobre distintas instancias de la sociedad y de la economía en un programa de “democracia social avanzada”, pero más decisivos aún son los mecanismos de intervención que desde los sectores civiles-populares deben implementarse sobre los ámbitos del Estado (y a través de ellos sobre la economía), lo que pone en juego todo el “interés público” que puede portar un proceso de empoderamiento de las clases subalternas en América Latina. Este doble movimiento, que luce casi como un descubrimiento en el ámbito de la sociología política, tendiente a conjugar el “interés público” de las intervenciones estatales y de las clases subalternas, es presentado por Aricó como el programa aconsejable, deseable diríamos, capaz de construir una imbricación democrático-socialista que, refundando el criterio de progreso, únicamente podrá orientarse en sentido neocivilizatorio-emancipatorio si el interés público de un variopinto mundo civil-popular progresivamente empoderado resulta en último término preponderante. En esta dilemática conjugación se manifiestan los aspectos medulares del manejo que Aricó realiza de la noción gramsciana de hegemonía, pero más aún del peso de esas otras nociones gramscianas de “sociedad regulada” y “bloque histórico”. Siguiendo esta huella, sería importante detenernos en aquellos pares conceptuales como los de “cantidad-calidad”, “objetivo-subjetivo” o “contenido-forma”, con los que el Gramsci de los Cuadernos de la cárcelintentó desmarcarse de la nociva rigidez, saturada de compartimentos estancos, impuesta por la metáfora arquitectónica “estructura-superestructura”, que ofició durante mucho tiempo como categoría modeladora de todo un cuerpo de doctrina, el de la vulgata marxista, ya caduco2.

Pero, además, en las más de cuatro décadas de “imaginación sociológica” que Aricó ha desplegado, las cuestiones político-intelectuales fueron acompañadas de cuestiones vitales, emocionales, de sensibilidad, tal como el norteamericano Charles Wright Mills describió en su libro inolvidable. Fue en 1990, en un seminario organizado en Perú por DESCO sobre el significado de lo popular en América Latina, cuando el sociólogo peruano Sinesio López conversó con Aricó por última vez:

Frente a la crisis del comunismo y del marxismo, y a las masivas deserciones de los intelectuales de izquierda, pensé siempre que Pancho Aricó estaba condenado a ser y a morir socialista. […] Para cerciorarme le pregunté esta última vez que lo vi si seguía siendo marxista. Me contestó que el socialismo y la democracia eran una opción por la que valía la pena vivir y también morir. (López, 1990: 5).

 

Notas

1 Esta entrevista fue publicada en video en el nº 43 de la revista Punto de Vista (Buenos Aires, agosto de 1992). Consideramos necesario aclarar que, publicada primero en video-VHS en 1992 y luego en papel en 1995, la entrevista fue realizada a pocos meses del fallecimiento de Aricó (probablemente en mayo-junio de 1991), ocurrido el 22 de agosto de 1991. La entrevista puede verse y escucharse en la siguiente dirección electrónica: https://www.youtube.com/watch?v=lb8Yu-qQ37g, y la temática aludida se encuentra entre los minutos 25:00 y 27:00.

2 Para profundizar este tema, ver Cospito, Giuseppe, Il ritmo del pensiero. Per una lettura diacronica dei ‘Quaderni del carcere’ di Gramsci, Napoli, Bibliopolis, 2011. Esta obra de Cospito, joven filósofo italiano y exponente clave de la nueva generación italiana de investigadores de la obra de Gramsci, será próximamente editada en español por la editorial argentina Peña Lillo/Continente, con traducción y prólogo de Juan Jorge Barbero y una “nota a la edición en lengua española” del pretigioso gramsciólogo italiano Francesco Giasi, actual vice-director del la Fondazione Istituto Gramsci de Roma.

 

Bibliografía

AA. VV. (1979) Editorial. Controversia, nº 1.

AA. VV. (1984) Club de Cultura Socialista: Declaración de principios. Punto de Vista, nº 22.

Aricó, José (1980) Ni cinismo ni utopía. Controversia, nº 9-10.

Aricó, José (1984) Prólogo. En Schmitt, Carl. El concepto de “lo político”. Buenos Aires: Folios.

Aricó, José (1985) Prólogo. En Labastida Martín del Campo, Julio (coord.). Hegemonía y alternativas políticas en América Latina. México: Siglo XXI, p. 11.

Aricó, José (1986) Una oportunidad de ponernos al día. La ciudad futura, nº 2.

Burgos, Raúl (2004) Los gramscianos argentinos. Cultura y política en la experiencia de Pasado y Presente. Buenos Aires: Siglo XXI.

Crespo, Horacio y Marimón, Antonio (1999) José Aricó. Entrevistas, 1974-1991. Córdoba (Argentina): Centro de Estudios Avanzados, Universidad Nacional de Córdoba. Presentación y edición: Horacio Crespo.

Cospito, Giuseppe (2011) Il ritmo del pensiero. Per una lettura diacronica dei ‘Quaderni del carcere’ di Gramsci. Nápoles: Bibliopolis.

Coutinho, Carlos Nelson (1980) A democracia como valor universal. San Pablo: Libraría Editora Ciencias Humanas.

Gramsci, Antonio (2011) Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. Traducción de José Aricó. Buenos Aires: Nueva Visión.

López, Sinesio (1991) Pancho Aricó. Socialismo y participación, nº 56.

Portantiero, Juan Carlos (1991) ¿Cómo imaginar una sociedad mejor? Socialismo y participación, n° 56.

 

Recibido: 20/04/2015
Aceptado: 05/07/2015
Publicado: 18/12/2015

 

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