Cuestiones de Sociología, nº 14, e006, 2016. ISSN 2346-8904
Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Departamento de Sociología

 

NOTAS DE INVESTIGACIÓN /RESEARCH NOTES

 

Lecturas marxistas de la experiencia nacional popular (o del populismo) en América Latina desde la obra de Agustín Cueva y René Zavaleta

 

Blanca S. Fernández

Universidad de Buenos Aires - Facultad de Ciencias Sociales
blancasoledadfernandez@gmail.com
Argentina

 

Florencia Puente

Universidad de Buenos Aires - Facultad de Ciencias Sociales
florenciapuente@gmail.com
Argentina

 

Cita sugerida: Fernández, B.; Puente, F. (2016). Lecturas marxistas de la experiencia nacional popular (o del populismo) en América Latina desde la obra de Agustín Cueva y René Zavaleta. Cuestiones de Sociología, 14, e006. Recuperado de http://www.cuestionessociologia.fahce.unlp.edu.ar/article/view/CSn14a06

 

Resumen
El presente artículo tiene como objetivo analizar la producción escrita del ecuatoriano Agustín Cueva y del boliviano René Zavaleta, respecto a los debates sobre la experiencia populista y sobre la matriz nacional popular en América Latina. Se presentarán sus principales contribuciones en clave comparada a partir de dos ejes analíticos: su caracterización respecto de las condiciones del surgimiento de la experiencia populista y del sujeto político al que refieren estas experiencias y la distinción que realizan los autores entre el populismo y la matriz nacional-popular. A partir de este último eje, en el cual residen sus principales argumentaciones teóricas y su defensa de la perspectiva marxista en el escenario latinoamericano, estudiaremos sus miradas sobre la construcción de hegemonía y los procesos de democratización en América Latina. El trabajo ofrece una reflexión de dos referentes del marxismo latinoamericano, cuyo pensamiento representa un legado para la Teoría Social Latinoamericana, a modo de propuesta para la reflexión sobre la reactualización de los debates en torno a la experiencia populista de la región en la última década.

Palabras clave: Agustín Cueva; René Zavaleta; Marxismo latinoamericano heterodoxo; Populismo; Nacional popular.

 

Marxist readings of the national popular e (of populist experiences) in Latin America in the work of Agustín Cueva and René Zavaleta

 

Abstract
This article aims at analysing the written production of the Ecuadorian thinker Agustín Cueva and René Zavaleta, from Bolivia, regarding discussions on the populist experience and the national popular matrix in Latin America. Their major contributions are presented in a comparative mode and in two analytical axes: their characterizations about the conditions for the emergence of the populist experiences, and the political subject to which relate these experiences, and the distinction made by the authors between populism and national-popular matrix. From this last axis, in which reside their main theoretical arguments and their defense of the Marxist perspective on the Latin American scene, we study their views on the construction of hegemony and democratization processes in Latin America. This article provides an approach of two referents of Latin American Marxism whose thinking represents a legacy for Latin American Social Theory as a proposal for reflection on the updating of the debates around the populist experiences in the region in the last decade.

Keywords: Agustín Cueva; René Zavaleta; Latin American heterodox Marxism; Populism; The national popular

 

 

El presente artículo se propone indagar en el pensamiento del intelectual boliviano René Zavaleta Mercado (1939-1984) y el intelectual ecuatoriano Agustín Cueva Dávila (1937-1992), en clave comparada. Nos concentraremos en las interpretaciones que ofrecen ambos sobre la experiencia populista en América Latina, inscriptos en una lectura de la matriz nacional popular a partir de la puesta en diálogo de sus reflexiones con los debates más representativos del marxismo latinoamericano de su época. Estos debates, actualizados a partir de las experiencias del llamado “ciclo progresista” en la última década, se encuentran ligados a la definición de Estado y de autonomía de lo político en ambos autores, y al diálogo teórico con la propuesta de Laclau y los “posmarxistas” en América Latina1.

Antes de avanzar en el señalamiento de sus perspectivas analíticas, cabe destacar que la trayectoria de vida de ambos autores coincidió en más de una oportunidad. Se trató de dos marxistas heterodoxos latinoamericanos, cuyas vidas estuvieron marcadas por el exilio2. Durante la década de 1970, encontraron refugio como docentes universitarios en el Chile de Salvador Allende. El golpe de Estado a la Unidad Popular determinó la huida de ambos hacia México desde 1973, donde se dedicaron principalmente a la actividad académica3.

Sin dudas, el contexto de producción es una condición de posibilidad histórica e intelectual para generar conocimiento social. Antes de la experiencia del exilio, Zavaleta participó activamente en la Revolución de 1952 y del gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en 1964: sus escritos estarán orientados a explicar el porqué de la derrota y el devenir de las articulaciones sociales que amplían el concepto de clase social en Bolivia. De allí su marcado interés en el estudio del caso nacional: según Tapia (2002), el centro de su producción es la construcción de la Nación boliviana bajo un conjunto de problemas históricos estructurales y de poder como Estado. En cambio, la actividad política de Cueva estuvo vinculada al posicionamiento del intelectual comprometido, al comienzo, desde la crítica literaria y, posteriormente, desde la sociología. Entre sus trabajos más reconocidos se encuentran el ensayo Entre la ira y la esperanza (1967), una crítica a la mentalidad colonial de las élites ecuatorianas y a la continuidad de las formas de dominación coloniales en la República. De allí que para Cueva la literatura se convierta “en un campo de disputa ideológico” (Quevedo, 2013, 25).

Verdesoto (1993) plantea que, al no existir una revolución como la boliviana en Ecuador, con un fuerte componente popular, Cueva derivó sus reflexiones y sus esperanzas hacia la región, que en la década de 1960 vivía los años de oro de los movimientos revolucionarios. Como veremos, Zavaleta escribe desde la experiencia de la derrota y Cueva, desde la angustia y la imposibilidad. Son horizontes intelectuales e históricos específicos. Compañeros en la comunidad de pensamiento latinoamericana, viven el ascenso y la derrota de los movimientos populares, y comparten el interrogante por la vigencia de las categorías marxistas en la región y por la posibilidad de la emergencia de experiencias políticas y sociales que tomen sus postulados en su horizonte de emancipación. Es una época de tensión entre las ciencias sociales y la práctica política4. Finalmente, un fuerte lazo de Cueva con la sociología histórica y de Zavaleta con la filosofía histórica guiará al primero en una cierta fijación por sostener y por repensar las categorías marxistas, mientras que al segundo lo inspirará en las más ocurrentes invenciones desde el marxismo.

A diferencia de Zavaleta, Cueva recoge en su horizonte de producción teórica las experiencias revolucionarias y socialistas de Cuba, de Chile y de Nicaragua, al tiempo que discute con los teóricos dependentistas. En este sentido, el desencanto y la crisis que sobrevienen en los años ‘80 pueden haber sido más significativos para el pensador ecuatoriano. Hacia fines de la década de 1970, se configura un repliegue en lo nacional que incluye el fin de la idea de totalidad y de revolución. Son los años del naufragio, al decir de Cueva, la década perdida para las luchas sociales y el surgimiento de la democracia como sistema político y mecánico de legitimación del nuevo poder. Así, veremos luego, las nociones procedimentales de la democracia serán objeto de la crítica de ambos.

Como se observa, se trata de dos pensadores marxistas heterodoxos latinoamericanos, que acompañan un clima de época y un punto de partida en la reflexión teórica y política anclado en la historicidad de los procesos sociales. La escritura de Cueva y de Zavaleta se produce desde los años de la revolución y de la resistencia hasta su ocaso, momento de recomposición hegemónica en el que se instala el neoliberalismo. Debe destacarse que comparten perspectivas frente a los debates marxistas de la época, a través del enfoque histórico-estructural para fundamentar la construcción de conocimiento social. En este sentido, consideramos que la clave comparada en América Latina potencia la construcción del pensamiento social latinoamericano, al tiempo que conforma una herramienta relevante para el análisis político y teórico del contexto actual.

Como señala Maristella Svampa, la tradición nacional popular forma parte del conjunto de tradiciones o matrices político-ideológicas que instituyen debates propiamente latinoamericanos; es decir,

Aquellas líneas directrices que organizan el modo de pensar la política y el poder, así como la concepción del cambio social. Si bien cada matriz político-ideológica posee una configuración determinada, los diferentes contextos nacionales así como las tensiones internas las van dotando, para cada caso, de un dinamismo y una historicidad particular (Svampa, 2010, 81).

Sin dudas, parte de la producción escrita por Cueva y Zavaleta se ha inscrito en estos debates en la misma clave que señala Svampa. Concretamente, en tanto proceso histórico-estructural, el populismo o “momento populista” refiere a una crisis al interior del pacto de dominación que sostenía al Estado liberal-oligárquico en América Latina, asociado también al ascenso de las luchas sociales y populares en diferentes países de la región. Sin embargo, aquí no se agota la potencialidad de este concepto polisémico; el término ha sido y es objeto de innumerables estudios, y logró posicionarse como una categoría insoslayable de la Teoría Social Latinoamericana. Entonces, así como ocurre con la categoría “dependencia”, la categoría “populismo” ha sido en América Latina el eje de debates que oscilan entre sus usos como categoría histórica o analítica. Podemos parafrasear, además, lo que sostiene Fernanda Beigel con respecto a los enfoques de la dependencia e interrogarnos si la categoría “populismo” se encuentra enraizada en el espacio y en el tiempo del mundo en que nació o si es lo suficientemente flexible para ser revitalizada (Beigel, 2006). En sus términos, vale considerar si el “populismo” puede renovarse como herramienta para el análisis o si, ciclo neoliberal mediante, se han modificado las condiciones que le dieron origen. Y, por lo tanto, se ha disuelto el referente real para esta categoría.

La matriz nacional popular ha sido estudiada en los años 1970 por autores como Murmis y Portantiero para explicar los “populismos clásicos” latinoamericanos, retomando categorías gramscianas como las de “nacional popular” y “hegemonía” para pensar desde un enfoque crítico las nociones de pueblo y el pasaje de la alianza de clases a la lucha de clases. En la década de 1990, otros autores han actualizado este debate en torno a los casos “neopopulistas”, ejemplificados en las figuras de Menem y Fujimori, que enfatizaron en el estilo político y en la relación entre las masas y el líder (Viguera, 1993; Vilas, 2004). Por último, a la luz de los gobiernos populares que emergieron en los últimos años en la región, este concepto nuevamente adquiere relevancia para analizar fenómenos como el kirchnerismo, el chavismo, el correísmo y el lulismo, entre otros (Laclau, 2006)5. Así, el llamado “fin de ciclo” de un “populismo de alta intensidad” (Svampa, 2015, s/p.) o de la etapa hegemónica del conjunto de distintas versiones de revoluciones pasivas (Modonesi, 2015) que caracterizaron a los gobiernos de la región en la última década anima a revisitar el debate sobre lo nacional popular y lo nacional estatal.

Para llevar adelante nuestra propuesta, trabajaremos en dos instancias: en un primer momento, expondremos las perspectivas de Zavaleta y de Cueva sobre el populismo (su caracterización de las condiciones para su surgimiento, la autonomía de lo político y sus enfoques con respecto al pueblo como eje de interpelación) y sobre el sujeto político al que refieren estas experiencias6. En un segundo momento, abordaremos la distinción que realizan los autores entre el populismo y la matriz nacional-popular, y analizaremos sus miradas sobre la construcción de hegemonía y los procesos de democratización en América Latina.

Populismo o las claves para pensar el Estado y el sujeto político en América Latina

Consideramos destacables las sintonías entre ambos autores respecto de las condiciones de emergencia del populismo. Así, afirman que el surgimiento del bonapartismo / solución populista se encuentra acompañado de una crisis económica, en el sentido de límites al modelo de acumulación, que no puede ser resuelta en el marco del proyecto hegemónico7. Ese vacío de poder, provocado por la pérdida de hegemonía de las clases dominantes, habilita la emergencia del populismo. A su vez, una de las especificidades de los populismos latinoamericanos es que la debilidad hegemónica de las clases dominantes se produce en una situación de dependencia respecto del imperialismo, concretamente en un momento en que el capital “nacional” necesita renegociar los términos de su dependencia. En ese contexto, el respaldo que tendrá el régimen bonapartista / populista para negociar habilita una coyuntura que es reconocida como “autonomía relativa del Estado”. Esta coyuntura se produce cuando, de manera simultánea, se logra desarticular a las fuerzas dominantes internas tanto como a los núcleos contrahegemónicos que hayan desarrollado las clases subalternas en su ejercicio de resistencia a la dominación capitalista.

En la obra de Zavaleta encontramos una articulación de este fenómeno con una perspectiva más global de las formas que asume el Estado en las diferentes fases de la acumulación capitalista; esto es, la articulación del populismo con el proceso de modernización capitalista que se manifiesta en la integración subordinada y en el desarrollo de la autonomía relativa del Estado, que tiene como correlato la ampliación de las burocracias civiles y militares en un contexto de industrialización y de urbanización. Además, el populismo se expresa en la articulación ideológica y discursiva del Estado como representante general de la sociedad y sustituye en esta operación la noción de lucha de clases por la de unificación en la noción de pueblo (Tapia, 2002, 213-215).

Zavaleta ha señalado que el populismo presenta una lógica similar a la del bonapartismo, que emerge en momentos de crisis de hegemonía. A su entender, el paradigma de Marx sobre el bonapartismo contiene datos generalmente válidos para todo Estado moderno, en tanto forma particular de ajuste entre el Estado político y la sociedad civil (Zavaleta, 2006, 34). Como señala Mario Unda, el bonapartismo para Zavaleta constituye

Un tipo específico de régimen político que surge cuando las fórmulas políticas de dominación ya no son suficientes para mantener la sumisión de las clases subalternas, pero estas tampoco están en condiciones de sacudirse del yugo del capital. Gramsci hablaba, para casos extremos, de una situación de empate catastrófico (Unda, 2012, s/p).

En el mismo registro, la crisis en la “fórmula política de dominación” a la que se refiere Unda es una categoría utilizada por Agustín Cueva para referirse a lo que Gramsci denominaba “crisis de hegemonía”. El surgimiento del bonapartismo, equivalente a la categoría “solución populista” al decir de Cueva, está relacionado con una condición específica en la estructura de clases: ambos autores se refieren a la fuerte presencia de “masas no auto representables” (Zavaleta, 2006) o de una “situación de masas” (Cueva, 2012 [1981]); es decir, una condición social y política general de dispersión y disgregación social de las clases o grupos. Cueva lo ejemplificará con el rápido crecimiento del subproletariado urbano surgido de la migración de masas campesinas y de la crisis socio-económica de pequeños propietarios urbanos:

Sectores populares urbanos que no gozaban de empleo estable, remuneración fija y un mínimo de garantías legales similares a las del proletariado. Los vendedores ambulantes, peones de obras, cargadores, estibadores y, en general, todos aquellos pequeños vendedores de bienes ocasionales, que en nuestro país constituyen la mayoría de la población urbana pobre (Cueva, 2012 [1981], 239).

Para Zavaleta, en el populismo hay, generalmente, un reconocimiento de la existencia de las clases sociales, pero ello se sostiene en la negación de que esta diferenciación debería convertirse en lucha de clases. El Estado se presenta como equidistante de estas clases sociales y plantea una incorporación subordinada de los sectores subalternos.

Como preferencia teórica o elección de políticas, [en el populismo] subyace sin embargo la primacía del concepto global sobre sus discriminaciones clasistas. Emerge una totalización (pueblo) que debe considerarse antes y por encima de sus [categorías sociales] más específicas como clase o etnia. (…) En los hechos, si la connotación básica del populismo es la subsunción del dato clasista en lo popular como masa congregada, entonces es una modalidad sin duda no incompatible con la lógica del bonapartismo (Zavaleta, 2006, 43).

La clave del populismo es, para los autores, la integración subordinada de la clase obrera, de campesinos y otros, en un proceso de unificación de carácter ideológico ligado a un liderazgo carismático (acompañado, desde ya, de un proceso de redistribución económica) que promueve el tutelaje estatal a la vez que evita la autonomía de clase en términos de “el desarrollo de la contradicción política inherente a la estructura del modo de producción capitalista” (Tapia, 2002, 214).

Lecturas situadas. La polémica con el posmarxismo

A la luz del nuevo escenario político que atraviesa América Latina, ¿qué sentido tiene revisitar las lecturas marxistas del populismo y los debates emergentes con otras matrices interpretativas? ¿Qué claves puede ofrecernos la recuperación de la matriz nacional popular para pensar el “fin de los gobiernos progresistas”? Justamente, ambos autores advierten los “peligros” de una lectura no clasista del fenómeno populista y sus planteos adquieren hoy una vigencia insoslayable para el análisis de la construcción hegemónica en la región.

En el marco del debate de la época, Cueva y Zavaleta van a criticar la propuesta de Laclau en torno al populismo, definido por este autor como un fenómeno de naturaleza ideológica que puede estar presente en diferentes tiempos históricos y en el seno de las más diversas articulaciones sociales. Su especificidad se expresa en el plano del discurso ideológico: el pueblo afirma su hegemonía al articular el discurso mediante interpelaciones democrático-populares. De esta manera, se distancia de las determinaciones económico-estructurales de la clase social y desarrolla la idea de posición del sujeto popular, que se va a constituir en “pueblo” en la medida en que logre articular demandas clasificadas como democráticas y populares, que se enfrentan al bloque de poder en su conjunto (Laclau, 1978).

Zavaleta va a prestar especial atención a la actualización “neopopulista” del principio de pueblo que está presente en la obra del politólogo argentino y Cueva, en sintonía con Zavaleta, expresa su preocupación fundamentalmente por el abandono del materialismo histórico que suponen los “rebrotes de neopopulismo en el plano teórico” (Cueva, 1987, 28) en explícita referencia al análisis de Laclau y el alejamiento de la clase social como categoría central del análisis marxista:

Con la categoría “pueblo” ocurre, pues, prácticamente lo mismo que con el concepto de “sociedad civil”: utilizados sin referencia a una estructura de clases y muchas veces para soslayar a esta, constituyen una buena “puerta falsa” que permite alejarse discretamente del marxismo (Cueva, 1987, 30).

Podemos establecer las críticas de los autores en diferentes niveles. Por un lado, la crítica a la concepción romántica del pueblo contenida en la propuesta de Laclau y, por el otro, a la ausencia del análisis marxista respecto de la noción de pueblo.

Para el pensador ecuatoriano, la noción de “interpelación” de Laclau convierte al concepto de pueblo en una entidad ahistórica, ya que carece de soporte material. Según Cueva, el

concepto de pueblo que maneja Laclau posee una elevada dosis de ingravidez social en la medida en que es presentado como una “determinación” del sistema, pero “diferente de la determinación de clase”, ya que el pueblo, según el autor “no existe, obviamente, al nivel de las relaciones sociales de producción” [sino como estructura de interpelación] (Cueva, 2012 [1988], 223).

De Ípola y Portantiero (1981) retoman la caracterización gramsciana acerca de lo nacional-popular8 y afirman que el populismo propone un doble proceso, en el que el “pueblo” se constituye en sujeto político y, a la vez, se conforma un nuevo orden estatal, en un contexto de crisis estatal en el cual la populista es una de las salidas posibles. A partir de esta caracterización, proponen que

El examen del populismo debe ser desagregado en tres niveles: el de las demandas y tradiciones nacionales populares (no clasistas) que se inscriben en su ideología, el del populismo como movimiento de nacionalización y ciudadanización de las masas, y el del populismo como forma particular de compromiso estatal (De Ípola y Portantiero, 1981, 10).

Así, van a caracterizar dos principios centrales de agregación al interior de la lucha de clases en el capitalismo; esto es, el polo dominante “nacional-estatal” y lo “nacional-popular” como el polo dominado. En las experiencias populistas, el Estado opera como articulador de lo nacional que adquiere su legitimidad al “superar” (ilusoriamente) las particularidades del cuerpo social, y anula, así, desde una lógica corporativa los conflictos entre los intereses privados (de Ípola y Portantiero, 1981). Sin embargo, señalan que esta unidad es contingente: los “dioses también mueren” (De Ípola y Portantiero, 1981, 10). Lo nacional popular aparece como escisión frente a este poder y la hegemonía, como el ejercicio de esta transformación que le da sentido a la acción de clase9. La construcción de contrahegemonía representa

Un acto de expropiación por parte del pueblo de la percepción nacional que había enajenado en el Estado (…). Las masas intentan el difícil camino de recuperación para sí, desestatizándolo, del sentido de lo nacional. Fetichizada en el Estado, la nación comienza a ser reclamada en propiedad por el pueblo: lo nacional-estatal pasa a ser nacional-popular (de Ípola y Portantiero, 1981, 11, cursiva del original).

A partir de dichas conceptualizaciones, los autores asumen la perspectiva marxista centrados en la construcción hegemónica y buscan sortear, parafraseando a Cueva, el “discreto alejamiento” del marxismo que opera en la caracterización de Laclau respecto del pueblo. Asimismo, la valoración positiva de Laclau acerca del populismo como lógica de articulación democrática de la sociedad (cuestión que veremos más adelante) estaría ligada desde esta posición con el polo dominante nacional-estatal.

Al abordar estos debates, Cueva va a reforzar la concepción marxista respecto del pueblo en tanto conjunto de clases y capas subordinadas que constituyen el bloque popular. Asimismo, señala que en América Latina el bloque popular es necesariamente más amplio que en sociedades industrializadas, pero refuerza (de manera más esquemática que Zavaleta) la escisión entre las perspectivas marxistas y populistas:

Entre nosotros, latinoamericanos, este bloque incluye por regla general al proletariado, al campesinado, la pequeña burguesía, las capas medias y el subproletariado. Ahora bien, todo el problema reside en que las categorías de “pueblo” y “popular” no pueden suplantar teórica ni políticamente a las clases sociales, en ningún nivel, so pena de franquear la frontera que separa al marxismo del populismo y de ciertas concepciones “eurodemócratas” y afines (Cueva, 1987, 28, cursiva del original).

El populismo, desde su perspectiva, está asociado más bien al concepto gramsciano de revolución pasiva, que constituye un camino diferente para resolver una crisis orgánica. De acuerdo con Campione, este concepto en Gramsci supone un proceso con contenidos revolucionarios, pero en el que las clases dominantes “expropian” a las clases subalternas su iniciativa histórica (Campione, 2014, 112)10.

Otra es la perspectiva de Zavaleta respecto de ciertas experiencias históricas caracterizadas como populistas. En su último e inconcluso trabajo, Lo nacional popular en Bolivia, Zavaleta analiza el tipo de articulación entre democratización social y forma estatal, tomando como referencia la Revolución de 1952 (Zavaleta, 1986). Lo nacional popular es entendido aquí en sentido gramsciano, ya que expresa las formas históricas de unificación política de los subalternos en y contra el Estado, al proyectar la construcción de una nueva forma estatal que recupere la soberanía mediante el control de los recursos materiales de la Nación. Sin embargo, debemos destacar que no hay en sus planteos una visión idealizada del pueblo. Los núcleos de buen sentido se alojan, al decir de Gramsci, en la cultura popular de manera contradictoria, pues siempre hay procesos de resistencia y de dominación, y esta perspectiva va a constituir la clave de lectura de Zavaleta para analizar la historia boliviana. A diferencia de de Ípola y Portantiero y de Cueva, que van a vincular los populismos realmente existentes de manera más determinante con el polo nacional-estatal11, Zavaleta evidencia en las experiencias latinoamericanas procesos nacional-populares que lo obligan a diferenciar entre el bonapartismo y el populismo.

Aquí la masa se constituye al margen y aun en contra del Estado, se apodera de la iniciativa y en muchos casos rebasa y desordena el marco estatal. Esto hace una diferencia significativa con el bonapartismo (…) En el bonapartismo las masas están a merced del poder; en el populismo el poder está a merced de las masas (Zavaleta, 2006, 15).

Zavaleta va a afirmar no sólo que el pueblo no constituye necesariamente una unidad antagónica al bloque de poder, sino que pueden existir reconstrucciones reaccionarias de la cosmovisión popular y situaciones y procesos en los que el pueblo forma parte del proceso de constitución del bloque en el poder y del mismo Estado. Hasta aquí, las concepciones nacional-populares advierten esta contradicción. Sin embargo, el escritor boliviano es más polémico en este punto que sus colegas argentinos y su par ecuatoriano, ya que va a plantear, inspirado en el ‘52, que hay situaciones en que el Estado es aún más progresista que su sociedad:

Hay aquí un maniqueísmo de partida. El Estado resulta intrínsecamente reaccionario y el pueblo contiene liberación per se. La “centralidad proletaria”, por lo demás, es relegada a un plano meramente disquisitivo (abstracto). Por tanto, es posible poner reparos inmediatos a la definición. En primer lugar, Laclau propone una disociación arbitraria entre la constitución del bloque de poder o Estado y la de la multitud. Las cosas, en cambio, han ocurrido en la historia de otra manera: uno es siempre el referente del otro, o al menos suele serlo. Por el contrario, el Estado puede ser el canal de la constitución de la multitud y en general se debe distinguir caso por caso entre ejemplos de autoconstitución con más autonomía o menos autonomía. En segundo lugar, no está demostrado que el bloque de poder o Estado, o si se quiere lo “nacional-estatal”, sean siempre más reaccionarios que el pueblo o sea lo “nacional-popular” (…) El hecho es que existen pueblos reaccionarios (se diría, por la inversa, que la mayor parte de las soluciones de la cuestión nacional han sido reaccionarias y autoritarias) y tenemos también, por lo demás, la hegemonía negativa, la reconstrucción reaccionaria de la cosmovisión popular. Una constitución reaccionaria de la multitud es, de otro lado, algo que debe contarse dentro de lo verosímil. De otra manera, no habría existido la multitud nazi (Zavaleta, 2006, 44).

Cueva, por el contrario, percibe el populismo como un mecanismo de manipulación de las masas por parte del bloque en el poder12. A diferencia de Zavaleta, el enfoque histórico va a servir al autor para reafirmar esta concepción; en palabras de Verdesoto, para Cueva el populismo solamente puede darse en una fase de transición entre el derrumbe del Estado liberal oligárquico y la constitución de un Estado capitalista expresada en una nueva articulación política y económica (Verdesoto, 1993, 25). En esta perspectiva de Cueva es clara la sintonía entre su visión del populismo y el concepto gramsciano de revolución pasiva, ya que esta última tiene entre sus objetivos principales la modernización estatal, a partir de un proceso impulsado desde arriba en el que se constata la ausencia de “una iniciativa popular unitaria” (Gramsci, Cuadernos 2, 216; citado en Campione, 2014, 113).

Para evidenciar mejor los matices entre Cueva y Zavaleta en este aspecto, es imprescindible revisitar el análisis respecto de la constitución del bloque nacional-popular que realiza Zavaleta desde un enfoque histórico estructural para Bolivia. Para el autor, en formaciones sociales abigarradas, la masa (“la sociedad civil en acción, o sea, un estado patético, sentimental y épico de unificación”, Zavaleta, 2009, 132) es una de las manifestaciones de la existencia del bloque nacional-popular que se constituye en coyunturas de crisis. Zavaleta enseña que en Bolivia el proceso histórico de constitución de la masa se desarrolla por medio de la centralidad proletaria, en la que el proletariado minero –a través de la Central Obrera Boliviana (COB)– es el protagonista de las transformaciones sociales y logra “irradiar” la clase obrera, convirtiéndose en matriz nacional, en el eje articulador de la sociedad civil (Tapia, 2002). Sin embargo, es importante destacar que para el autor la centralidad proletaria responde a características históricas y puede verse modificada. A partir de esta caracterización, entendemos que sería inadecuado retomar el concepto de revolución pasiva para pensar la Revolución del ‘52 en Bolivia.

Por otra parte, si asumimos –con Zavaleta– las posibilidades de transformación del sujeto a lo largo de la historia, la centralidad proletaria también puede verse modificada. Frente a la pregunta sobre el tipo de constitución de la masa, y desafiando los postulados marxistas, Zavaleta otorga una respuesta situada: “Un marxista dirá inmediatamente que tiene sus razones para elegir la autodeterminación del proletariado en el seno de la autodeterminación de la masa. Esto vale, sin embargo, para ciertas sociedades, ya proletarizadas, y para ciertos proletariados” (Zavaleta, 2006, 139). La autodeterminación como acto revolucionario deberá contener las inclinaciones generales de la época, con un grado importante de creatividad y espontaneidad de la masa. Finalmente, la idea de acumulación en el seno de clase (masa) da cuenta de cómo el conocimiento en este tipo de sociedades es histórico y se construye colectivamente, producto de la intersubjetividad13. Las sociedades acumulan conocimiento sobre ellas mismas en los diferentes momentos constitutivos que las determinan. De esta manera, en los momentos de crisis los sujetos sociales se encuentran con vastos conocimientos incorporados y se desarrollan condicionados por los mismos.

La segunda crítica que van a realizar Cueva y Zavaleta es en torno a las interpelaciones democrático-populares que postula el politólogo argentino. Como señalamos, Laclau sitúa la especificidad del populismo en el plano del discurso ideológico, en el que la articulación de un conjunto de interpelaciones “popular-democráticas” configuran un sistema de ideas antagónico respecto de la ideología dominante y del bloque de poder que la sustenta (de Ipola y Portantiero, 1989, 17). Así pudo afirmar que el populismo no tenía una especificidad de clase sino que dependía de una lógica de articulación. Desde el punto de vista de las interpelaciones, desarrolló la idea de posición del sujeto popular.

Cueva se opone a esta propuesta teórica, no sólo en el plano político sino también en el metodológico. Por un lado, para Cueva esta propuesta implica un retroceso hacia posiciones premarxistas, debido a que se construyen discursivamente las “interpelaciones populares”, en lugar de tener en cuenta sus determinaciones objetivas (Cueva, 2012 [1988], 223). Esto conlleva, desde el análisis marxista, un sinsentido político, ya que “el antagonismo sólo es comprensible en cuanto es dependiente de un tipo específico (histórico) de relación social de producción” (Cueva, 2012 [1988], 222).

A su vez, para Zavaleta, la neutralidad de los ideologemas es el elemento más distorsivo de la propuesta teórica de Laclau ya que, consideradas aisladamente, las interpelaciones democráticas no tienen ninguna connotación de clase y de esta manera Laclau incurre en una “idea mesiánica del pueblo al margen de las circunstancias de su constitución, del pueblo como portador automático de democracia” (Zavaleta, 2006, 47).

A partir de esta caracterización, encontramos una fuerte tensión en el pensamiento de Zavaleta entre la democracia considerada como forma estatal del capitalismo burgués o como un proceso de autodeterminación en contextos nacional-populares. El autor plantea que las formaciones abigarradas son incapaces de representarse a sí mismas en las formas estatales, caracterizadas principalmente por un tipo de organización social con débil democratización basada en la democracia representativa burguesa (Zavaleta, 1987). El tipo de democracia que practica la masa no logra expresarse en las estructuras del Estado, aunque muchas veces la institucionalidad estatal busque servir al pueblo:

La democracia entendida como autodeterminación de las masas viene a ser el desideratum de este discurso. La historia de las masas es siempre una historia que se hace contra el Estado, de suerte que aquí hablamos de formas en rebelión y no de formas de pertenecimiento. Todo Estado en último término niega a la masa, aunque la exprese o quiera expresar, porque quiere insistir en su ser que es el ser del Estado (Zavaleta, 1987, 110).

Sin embargo, para el autor pueden existir momentos estatales en los que se exprese la autodeterminación social. Estos momentos se caracterizan por un fuerte proceso de democratización social que contiene las formas democráticas de la masa: para Zavaleta “es arbitrario sostener que todo momento estatal es reaccionario, tanto como suponer que toda determinación popular es progresista. Por el contrario, en determinadas instancias la única forma de unidad de lo popular es lo estatal” (Zavaleta, 1989, 179). Es esta autodeterminación social la que tiene que llenar de contenido la democratización y poner en movimiento el espacio que concede la democracia representativa (Zavaleta, 1987).

Una última crítica que vale destacar refiere a la relación de continuidad que establece Laclau entre socialismo y populismo, aspecto también cuestionado por de Ipola y Portantiero (1981). Así, dice Cueva, “Apoyado en la muletilla de la lucha contra el ‘reduccionismo clasista’, Laclau llega, pues, a formular una tesis harto controvertible: la del socialismo como fase superior del populismo” (1988, 221). De acuerdo a Laclau, el socialismo no puede alcanzarse si no articula la forma más radical de populismo, expresada en la contradicción entre pueblo y bloque dominante, ya que la capacidad de una clase de constituirse como hegemónica dependerá del grado en que logre nutrirse de interpelaciones populares (Laclau, 1978, 231). Para el ecuatoriano, el camino tenderá a ser el inverso al propuesto por Laclau, ya que el populismo va a entrar en crisis en la medida en que se logren la autonomía y la organicidad política de las masas y se pongan en cuestión los mecanismos de control y de manipulación política inherentes a las experiencias populistas (Cueva, 2012 [1988], 233); esa autonomía y esa organicidad política son los elementos que sirven para deslindar al populismo de lo popular democrático, en el que el primero es una manifestación distorsionada del segundo. Para Cueva, el populismo conlleva una recomposición del principio general de dominación en el Estado, y se sostiene en una hegemonía poco plural u organicista, definitivamente alejada de una concepción radical / popular de democracia.

Palabras finales

Cueva y Zavaleta mueren pasada la mitad de la década de 1980, cuando estaban muy preocupados por dar el debate marxista en torno a la idea de totalidad histórico estructural y la relación entre las condiciones estructurales y la autonomía de lo político. Aunque encontramos en ambos la necesidad de discutir sobre el Estado en clave histórica y latinoamericana, hacia el final de la obra de Zavaleta el foco estará en pensar la construcción hegemónica en la historia contemporánea de Bolivia, y para Cueva, en la caracterización del sistema de dominación que en ese momento iba hacia la profundización del ciclo neoliberal.

En ambos casos, hemos encontrado un abordaje heterodoxo y latinoamericano del marxismo a partir de la recuperación de la obra de Gramsci. Al analizar el fenómeno populista, Cueva lo hará con mayor hincapié en lo “nacional estatal”, mientras que Zavaleta oscilará entre las posiciones clásicas marxistas sobre el bonapartismo y la comprensión del Estado como parte de lo “nacional popular”, e incluso llega a sugerir que el Estado puede ser, bajo determinadas condiciones históricas, una vocación de los subalternos –aun sin abandonar la idea del Estado en tanto relación social de dominación–. Estas diferencias entre ambos, nos parece, se encuentran determinadas por sus diferentes experiencias de vida y concretamente por la participación de Zavaleta en la Revolución de 1952 y por el desencanto de Cueva respecto de las posibilidades de un proceso revolucionario en el Ecuador.

En particular, la recuperación de sus posicionamientos e interrogantes en los debates sobre el populismo interesa para pensar con ellos el actual contexto regional. Consideramos que el debate con Laclau es de una actualidad absoluta tanto por sus objeciones respecto de la concepción del pueblo, de la continuidad entre populismo y socialismo, como de la construcción de las interpelaciones democrático-populares. Todo ello, finalmente, se sintetiza en la crítica marxista a una lectura que hoy continúa hegemonizando los debates, en la que se ponderan más los determinantes ideológicos discursivos y se abandona deliberadamente la perspectiva de clase. ¿Será la hegemonía de esas lecturas la que hoy nos limita la comprensión de las causas del llamado “fin de ciclo”? La intervención de Cueva y Zavaleta en estos debates nos invita a releer su obra en clave comparada, en busca de otras respuestas.

Agradecimientos

Agradecemos la lectura atenta y los comentarios de Mario Unda, Tomás Quevedo, Emilio Taddei y Miguel Mazzeo

 

Notas

1 Cabe aclarar que ponderamos en el caso de Zavaleta su período de producción más complejo y maduro, caracterizado con el rótulo de “marxismo crítico”, que abarca las obras escritas entre 1971 y 1984; y en el caso de Cueva consideraremos sus preocupaciones teórico-políticas publicadas desde 1979, en un “momento diferencial” específico de su recorrido intelectual, marcado por la batalla contra la sociología fragmentaria desde la sociología crítica (Beigel, 1995).

2 Consideramos que se trata de dos marxistas latinoamericanos, “un marxismo que logra deconstruir el marxismo europeísta y poner a América Latina como la anomalía de lo que el marxismo eurocentrista no podía pensar” (Tarcus, 2015: 3). Por otra parte, la noción de marxismo heterodoxo es utilizada aquí en referencia a la tradición de pensamiento impulsado por la primera generación de marxistas representados en la figura de Rosa Luxemburgo , Gramsci o el propio Lenin, que tuvieron una preocupación centrada en los problemas del Estado, de la revolución o de la construcción del partido político como sujeto colectivo, aspectos “políticos” de la formación capitalista que habían sido en parte soslayados por los análisis marxistas previos.

3 Cabe destacar que hemos desarrollado los bemoles de sus biografías en un artículo recientemente publicado (Fernández y Puente, 2015).

4 Muchas fueron las reflexiones respecto del derrotero de las ciencias sociales a partir del reconocimiento de la existencia de una brecha entre “lo académico” (el desarrollo de una ciencia crítica) y “lo político” (las propuestas políticas de transformación), en la que resaltan los efectos negativos que tuvo esta distancia para ambas dimensiones (Aricó, 2005).

5 Una de las mejores compilaciones en esta materia, que recupera el devenir del concepto en clave histórico-estructural y en su dimensión teórico-política, es la de Mackinnon, M. y Petrone, M. (comps.) (1998). Populismo y Neopopulismo en América Latina, Buenos Aires: Eudeba.

6 Las formulaciones de Cueva acerca del populismo forman parte de sus reflexiones sobre las cinco presidencias de Velasco Ibarra en el Ecuador (una forma incompleta e híbrida del “populismo clásico”), actualizada luego por una polémica específica con Rafael Quintero (figura visible de una de las alas del Partido Socialista) acerca de las condiciones para la emergencia del primer período velasquista. Dicha polémica fue prácticamente desactivada por los aportes de Maiguashca y North (1991), quienes señalaron que no se pueden comparar el análisis que realiza Cueva sobre la totalidad de la experiencia velasquista y los aportes de Quintero sobre el primer período. En todo caso, así como los trabajos de Quintero son cuestionados por arribar a conclusiones sobre la experiencia completa a partir del análisis de un solo período, también han señalado que Cueva parte de una lectura de clases sociales consolidadas en un contexto como el ecuatoriano de los años 1930, en los que la estructura de clases formalmente capitalistas se encontraba aún en construcción.

En Zavaleta, sus reflexiones sobre el populismo en América Latina se inscriben en el debate marxista clásico, al tomar como referencia el análisis de Marx sobre el bonapartismo y el del cesarismo de Gramsci, aunque sin evitar referencias al MNR y Villarroel en Bolivia o a otras en América Latina. Las claves del debate que se propone resaltar abordan la autonomía relativa del Estado (teniendo como marco las perspectivas instrumentalistas y las concepciones estructurales) y su relación con las masas no autorrepresentables (Zavaleta, 2006).

7 Para Cueva, ello requerirá de la confluencia de tres elementos: (1) una crisis en la fórmula de dominación (crisis de hegemonía), (2) una crisis económica (como crisis del modelo de acumulación) y (3) una “situación de masas”. En Zavaleta hallamos la concurrencia de tres fenómenos equivalentes: (1) crisis de hegemonía, (2) situación de “vacancia ideológica” y excedente como correlato material de la disponibilidad, y (3) presencia de “masas no auto-representables”.

8 La voluntad nacional popular se expresa como revolución capaz de superar la distancia entre élite y pueblo y en esta clave supone organización; está relacionado con la existencia de un partido “organizador y expresión activa y operante” (Cuaderno 5, 17) de una nueva forma de ver el mundo como de la fuerza colectiva orientada a convertir esa visión en hegemonía (Gramsci, Cuaderno 5, 17). Es uno de los conceptos fundamentales de la obra de Gramsci, que ha tenido gran influencia en el pensamiento político latinoamericano.

9 Para de Ípola y Portantiero, la recuperación del concepto de hegemonía constituye la clave de la reelaboración de la problemática de la constitución política de las clases como sujetos de acción histórica. En el debate gramsciano sobre lo nacional popular, se concibe expresamente a la hegemonía en tanto capacidad de una clase para la construcción de una “voluntad colectiva nacional-popular” sostenida sobre una gran “reforma intelectual y moral”. Ambos procesos configuran la condición de posibilidad de una transformación histórica.

10 Al explicarlo, Gramsci busca dar cuenta de transformaciones que se reproducen y se profundizan hasta generar un proceso de cambio, pero sin que las clases dominantes pierdan la conducción del proceso ni dejen de tener capacidad para limitar la participación de las clases subalternas en estas transformaciones (Campione, 2014, 112).

11 Al analizar los regímenes populistas realmente existentes en Occidente, que para Laclau son los más importantes (fascismos italiano y alemán, el peronismo, el varguismo), de Ípola y Portantiero señalan que ninguno plantea un antagonismo con el principio mismo de la dominación (que desde su perspectiva lo constituye el Estado). En este sentido, “ningún populismo real ha sido ideológica y políticamente antiestatal; muy por el contrario, ha acordado siempre al Estado un papel al mismo tiempo positivo y central” (de Ípola y Portantiero, 1981, 18).

12 Cueva y Zavaleta comparten con las perspectivas teóricas funcionalistas el análisis del populismo como un tipo de participación o de dominación política y ponen el acento en las formas de movilización política “desde arriba” de los sectores subalternos. Si bien en este punto se acercan a las tesis de Germani y Di Tella, las posturas funcionalistas de la modernización son incompatibles con sus análisis, que parten del anudamiento necesario entre el estudio de las transformaciones económicas con el análisis político, en tanto ambos debaten desde el marxismo.

13 A lo largo de su desarrollo conceptual, Zavaleta utiliza indistintamente el concepto de masa o clase. Lo interesante aquí es dar cuenta de la amplitud que le otorga al concepto porque no se refiere a una noción de clase homogénea y reduccionista, sino a un cierto tipo de articulación de lo popular cuyo núcleo puede verse modificado a partir de los cambios histórico-estructurales, ya que la articulación de las instancias de dominación y explotación es heterogénea. No siempre la relación salarial es la hegemónica; también se da lugar a otros tipos de dominación (racial, sexual, etc.).

 

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