CS Cuestiones de Sociología, núm. 34, e214, agosto 2026 - enero 2027. ISSN 2346-8904
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Departamento de Sociología

Artículos

Los impactos silenciosos de la digitalización en el mundo marginal de América Latina. Reflexiones preliminares

Juan Pablo Pérez Sáinz

Investigador de Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales , Costa Rica
Cita recomendada: Pérez Sáinz, J. P. (2026). Los impactos silenciosos de la digitalización en el mundo marginal de América Latina. Reflexiones preliminares. Cuestiones de Sociología, (34), e214. https://doi.org/10.24215/23468904e214

Resumen: El presente texto busca una primera aproximación al impacto de las tecnologías digitales en el mundo marginal de América Latina. Por un lado, aborda cómo estas tecnologías afectan el proceso de desposesión de medios de vida a través del trabajo conectado en cierto tipo de plataformas (de transporte y de entregas) y del uso de tecnologías digitales simples en el caso de establecimientos pequeños. Por otro lado, analiza el auge de la ultraderecha y su impacto en los procesos políticos de la marginación. Se concluye reflexionando sobre una serie de retos que la digitalización plantea a esta población en tanto que abre nuevos espacios de disputa de poder.

Palabras clave: Digitalización, Marginación, Trabajo conectado, Automatización, Ultraderecha.

The silent impacts of digitization on the marginalized world of Latin America. Preliminary reflections

Abstract: This text seeks an initial exploration of the impact of digital technologies on marginalized communities in Latin America. On the one hand, it addresses how these technologies affect the process of dispossession of livelihoods through logged labor on certain platforms (transportation and delivery services) and the use of simple digital technologies in small businesses. On the other hand, it analyzes the rise of the far right and its impact on the political processes of marginalization. The text concludes by reflecting on a series of challenges that digitalization poses to this population, as it opens new arenas for power disputes.

Keywords: Digitization, Marginalization, Logged labor, Automatization, Far Right.

El presente texto parte de la premisa que América Latina se encuentra en un proceso de transición desde el neoliberalismo a un nuevo orden social del capitalismo que, dado el protagonismo adquirido por las tecnologías digitales, se propone denominarlo digitalismo. La crisis de los mercados financieros en 2008, la denominada Gran Contracción, ha representado una crisis del capitalismo de una categoría comparable a las grandes crisis de los años 1890 y 1970 y a la Gran Depresión de inicios de la década de 1930. Todas ellas conllevaron cambios cualitativos en términos de las formas históricas asumidas por el capitalismo y, por tanto, parece razonable plantear que se está ante una situación similar. Esta transformación capitalista parece ser clara en los países del Norte global, así como en ciertos países del Este asiático, en especial en China que ha emergido como una potencia digital disputando a Estados Unidos su hegemonía tecnológica. En el Sur global y, en concreto en América Latina, se sugiere la existencia de una transición que en cada país tiene ritmo y alcance distinto. También es importante tener en cuenta que esta transición no es rupturista en tanto que la tecnología no se opone al mercado por lo que elementos del neoliberalismo se incorporan al digitalismo. Es decir, el nuevo orden se impone de manera sigilosa sin la estridencia del neoliberalismo con sus programas de ajuste estructural y la conflictividad que desató en el pasado.

El digitalismo ha generado su propio sujeto social que sería la persona conectada; la conexión representaría la acción social clave de este nuevo orden social. No obstante, no todas las personas se conectan de igual manera por lo que se debe hablar de heterogeneidad de este nuevo sujeto social. Este rasgo supone que el digitalismo genera desigualdades, en concreto las referidas a las brechas digitales. En este sentido, se puede hablar de marginación digital como expresión extrema de estas brechas. Es esta cuestión la que concierne al presente texto en tanto que se quiere comenzar a explorar cómo este nuevo fenómeno estaría afectando las dinámicas ya existentes de marginación social en América Latina.

Este artículo se ha estructurado en tres apartados. En el primero, que tiene objetivos de contextualización, se ofrece una visión regional de manifestaciones de brechas digitales. En el siguiente se parte de las tres dimensiones constituyentes de la marginación en América Latina (desposesión de medios de vida, desciudadanización e invisibilización) para ver cómo las dinámicas digitales inciden en ellas. Son estos impactos el objeto central de reflexión del presente texto. Se concluye con una serie de consideraciones respecto a desafíos que plantean estas dinámicas digitales para los sectores populares afectados por procesos de marginación.

1. Brechas digitales en América Latina: una aproximación contextualizadora

La Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU, por sus siglas en inglés) es el organismo de las Naciones Unidas que regula las telecomunicaciones a nivel internacional entre Estados y empresas. Ha generado el índice IDI (ICT Development Index) que busca medir la conexión universal y significativa que implica la posibilidad para cada individuo de disfrutar una experiencia en línea segura, satisfactoria y productiva a un costo asequible. Este índice contiene tres indicadores referidos a conexión universal y siete a conexión significativa.1 El cuadro 1 refleja los valores de los tres indicadores de conexión universal, así como uno de conexión significativa (porcentaje de personas con teléfono móvil), y los del IDI que han servido para ordenar los países de la región.

Cuadro 1
América Latina: indicadores seleccionados de conexión universal y significativa, 2023
PaísPersonas que utilizan internet (%)Hogares con internet (%)Suscripcio-nes a ban-da ancha móvil por 100 habitantesPersonas con teléfono móvil (%)IDI (ICT Develop-ment Index)
Chile94,594,3109,593,2*93,4
Uruguay89,9**91,1**110,291,2*90,0
Costa Rica85,481,7101,592,1*86,3
Brasil84,284.197,588,184,4
Argentina89,293,476,2**89,583,7
Panamá78,0*85,8*106,387,4*83,0
México81,271,797,281,4*82,3
Perú79,555,390,486,077,6
Colombia77,363,985,977,077,2
Paraguay78,155,875,086,7*76,3
Rep. Dominicana81,5**46.1**72,881,0**75,1
Ecuador72,762,263,176,571,6
El Salvador67,7*34,2*72,983,8*67,6
Nicaragua58,2*51,4*70,776,9*62,2
Honduras58,3*51,4*49,474,3*61,9
Guatemala56,1*33,1*17,0**71,2*57,9
Fuente: elaboración propia con base en ITU (2025, Annex 2).* Estimación del ITU** Valor de 2022

Los resultados muestran que se puede diferenciar tres grupos de países. Aquellos que tienen un valor del IDI superior a 80,0 y que representaría los casos donde la conexión digital ha devenido más universal y significativa en la región. El grupo opuesto, con valores inferiores a 70,0, está constituidos por países centroamericanos con las excepciones costarricense y panameña que pertenecen al primero. El resto de los cinco países se ubican en una posición intermedia. Estos datos muestran lo mencionado en la introducción de este texto que la transición hacia el digitalismo tiene ritmos y alcances diferenciados, pero es evidente el impacto significativo del fenómeno de la conectividad digital en las sociedades latinoamericanas. Es decir, la región está inserta en el digitalismo global.

Esta primera aproximación contextualizadora puede ser complementada con evidencia sobre distintas brechas digitales. Al respecto es importante recordar que, en la literatura, se habla fundamentalmente de tres tipos de brechas. La primera es la referida a la oposición entre conexión/inconexión a Internet que ha sido criticada por enfatizar -en demasía- lo tecnológico (Nemer, 2015 y Ragnedda, 2019). Corolario de ello ha sido la propuesta de una segunda brecha digital, la del uso, fundamentada principalmente en las habilidades digitales que varían desde lo operacional básico hasta la creación de contenidos (Van Dijk, 2013). Pero personas con acceso, capacidades y usos similares pueden obtener beneficios diferentes (económicos, contactos sociales, influencia política, etc.) y, por tanto, añadiendo nuevas asimetrías. De ahí, que se hable de una tercera brecha digital (Van Deursen y Helsper, 2015).2

Se debe añadir que a partir de estas asimetrías se ha identificado lo que Ragnedda (2020) ha calificado como “infraclase digital”. Se trataría de las personas que están en los márgenes del mundo digital debido a su condición de marginación social. Es decir, ambos tipos de marginación, la digital y la social, se refuerzan mutuamente. Se trata de los individuos no conectados a Internet, o sea afectados por la primera brecha digital, o con habilidades digitales limitadas (segunda brecha) y que, por tanto, los resultados tangibles que pueden obtener son muy escasos o inexistentes (tercera brecha).

El cuadro 2 presenta evidencia sobre la primera brecha digital para algunos países latinoamericanos diferenciando tres manifestaciones.3 Esto recuerda que las desigualdades digitales no se materializan de manera aislada, sino en su articulación con asimetrías ya existentes a las cuales refuerza (Pérez Sáinz, 2024); en este caso, en términos de quintiles de ingreso respecto de desigualdades entre individuos y, en los otros dos indicadores, en relación a los pares categoriales territorial y etario.

Cuadro 2
América Latina: brechas entre personas con hogares con acceso a Internet, 2022 (puntos porcentuales)
PaísQuintiles de ingreso1Territorial2Etaria3
Chile3,06,713,5
Argentina5,2--13,3
Costa Rica18,28,918,5
Rep. Dominicana41,412,19,4
Uruguay41,613,39,6
Panamá31,826,316,4
El Salvador45,138,66,1
Colombia49,434,511,1
México51,835,318,0
Ecuador61,027,126,3
Perú57,245,123,7
Paraguay68,752,715,1
Fuente: elaboración propia con base a CEPAL: Observatorio de desarrollo digital.1. Entre quintil 5 y quintil 12. Entre zonas urbanas y rurales3. Entre personas de 18 a 25 años y personas de 66 y más años

Dos conclusiones a destacar respecto de esta información. Primero, se puede apreciar cierta correspondencia con los datos del cuadro previo, en términos que, con la excepción de República Dominicana, sería en los casos de conexión más universal y significativa que las brechas son menores. No obstante, hay que tener en cuenta que las fuentes de información no son las mismas por lo que las comparaciones deben ser cuidadosas. Segundo, en términos generales, las brechas etarias son las de menor magnitud mientras que las referidas al ingreso las de mayor. Son, justamente, éstas las que sugieren la articulación entre la marginación social y la digital que es la problemática a abordar en el siguiente apartado.

2. Marginación social y dinámicas digitales

La marginación social en América Latina es un mundo pauperizado por la economía, abandonado por el Estado e ignorado por la sociedad (Pérez Sáinz, 2021). Esta triple condición señala las tres dimensiones fundamentales de este fenómeno el cual debe ser considerado como una posición estructural con fronteras porosas que supone la posibilidad de tránsitos, en ambas direcciones, entre este mundo y el resto de la sociedad.

La marginación constituye un contexto de privaciones materiales y simbólicas debido a la desposesión de medios de vida.4 Sufrir precarización asalariada extrema o desempleo implica que los medios que se pueden obtener para la supervivencia son muy limitados. Igualmente, las posibilidades de acceder a verdaderas oportunidades de acumulación desde ese mundo son prácticamente inexistentes; las actividades autogeneradas quedan atrapadas en las exigencias de subsistencia del respectivo hogar sin posibilidades de dinamizarse. Pero esta desposesión de medios de vida puede ir más allá de las inserciones en el mercado de trabajo y afectar a recursos materiales y simbólicos claves para la reproducción vital. Se puede pensar en la expropiación de tierras o de territorio como suele acontecer con actividades neo-extractivistas.

De manera concomitante, es un mundo donde difícilmente puede haber derechos y, por tanto, la ciudadanía se desdibuja. O sea, desciudadanización es otro rasgo fundamental de la marginación social. Este fenómeno está asociado a la presencia marginal del Estado, lo cual implica que los territorios de la marginación pueden ser disputados por actores violentos que, si logran el monopolio de la coerción en los mismos, imponen su orden paralegal. Se está ante un orden donde la población no tiene derechos y, por tanto, no se puede constituir ciudadanía en ninguna de sus expresiones (civil, política o social).

Finalmente, la diferencia de este mundo la procesan las élites (y otros sectores de la sociedad) en términos de inferiorización porque representan a su población como personas disminuidas y atrapadas en la miseria. Pero esta inferiorización adquiere un rasgo peculiar y extremo: la invisibilización. Es decir, el orden imperante intenta ignorar esa franja de marginación, en tanto que masa sin funcionalidad alguna, como si no fuera parte de la propia sociedad y resultado de las relaciones de poder que definen tal orden. Es la orilla y como tal no se visualiza y se la ignora.

Estos tres fenómenos, desposesión, desciudadanización e invisibilización, constituyen el núcleo estructurante del fenómeno de la marginación social (Pérez Sáinz, 2019). Se está ante una población que, desde la lógica del capital tanto en términos de producción como de consumo, resulta innecesaria, redundante y, por tanto, prescindible. Respecto al fenómeno de la marginación el capital muestra su faceta más inhumana, incluso más allá de la subhumanización que caracteriza la inferiorización de ciertas categorías sociales; es decir se está ante una subhumanización extrema.5

No obstante, este mundo de marginación no es ajeno a los impactos del desarrollo de la digitalización y al respecto existen varios estudios sobre América Latina, algunos de los cuales merecen ser mencionados. Así, Nemer (2022) ha abordado la incidencia de las tecnologías digitales en cuatro favelas de la ciudad de Vitória, capital del estado brasileño de Espírito Santo, en términos de poder: como tecnología de los opresores, así como de los oprimidos. Esta última remite al importante enfoque de la “tecnología mundana” (mundane technology).6 Otro estudio realizado en Brasil es el de Spyer (2017) sobre un asentamiento costero ubicado a 100 kilómetros al norte de la ciudad de Salvador, en el estado de Bahía. Las redes sociales digitales han contribuido a confrontar los rápidos cambios sociales proveyendo nuevos medios que fortalecen las redes tradicionales de solidaridad de apoyo entre familias y vecinos. El autor proyecta sus hallazgos a nivel nacional argumentando que las redes sociales digitales, para las y los brasileños de ingresos bajos, son económicamente convenientes, representan distinción socioeconómica y ayudan a adaptarse al cambio social rápido. Por su parte, Haynes (2016), en su estudio sobre Alto Hospicio, ciudad en el Norte Grande chileno cercana a Iquique, argumenta que las redes sociales en esa urbe constituyen una arena donde los hospiceños reafirman sus normas ciudadanas a la vez que refuerzan sus valores sociales centrales. De esta manera y desde su posición marginal en Chile, esta comunicación digital sirve para expresar solidaridad, mantener normas, desarrollar identidades y cuestionar la idea sobre la auténtica “chilenidad”. También hay que referirse al texto de Wagner y Fernández-Ardèvol (2019) que aborda la instalación de señal Wi-Fi en una comunidad guaraní del gran Buenos Aires que buscaba la descolonización de medios comunicación para reforzar la cultura guaraní. Sin embargo, el recurso a redes sociales digitales conllevó la pérdida de deliberaciones cara a cara que son fundamentales en la cultura guaraní para alcanzar acuerdos comunitarios. También se detectó que las redes existentes desmotivaron a las personas usuarias a mejorar sus saberes digitales. Las autoras concluyen que esta limitación de habilidades digitales, junto con la orientación comercial de las redes, refrenan la creatividad de las prácticas digitales y, por tanto, su potencial descolonizador. Finalmente, no se puede dejar de mencionar el análisis reciente que hace Altaytas (2025) sobre la inclusión financiera de sectores populares a través de Fintech en el caso de Buenos Aires. Se trata, fundamentalmente, de personas trabajadoras en empleos desregulados que, dada su vulnerabilidad económica, tienen ya experiencias de endeudamiento no bancario y que buscan evadir las responsabilidades morales del préstamo tradicional a través de las interacciones despersonalizadas que ofrecen las Fintech.

En el presente texto, siguiendo la senda abierta por estas y estos autores, se quiere reflexionar sobre dos fenómenos de la digitalización que pueden tener importancia para futuros desarrollos de la marginación.

2.1 Digitalización, trabajo y medios de vida

El primero afecta a la dimensión de desposesión de medios de vida y tiene que ver con la incidencia de dinámicas laborales propias del digitalismo. Al respecto, hay que señalar que se trata, fundamentalmente, de dos: la del “trabajo conectado” y la de la automatización laboral.

El “trabajo conectado” tiene múltiples expresiones: teletrabajo (domiciliario, móvil en “espacios terceros” y nomadismo digital); en plataformas de trabajo basadas en la red (de profesionales independientes o freelance y microtareas); y en plataformas de trabajo con anclaje territorial (de transporte y entregas) (Pérez Sáinz, 2025, cuadros 2.1 y 2.3).7 Se puede asumir que las dos primeras manifestaciones tienen muy poca incidencia en el mundo marginal por los requisitos de saberes e infraestructura digitales. Distinto es el caso de las plataformas de anclaje territorial, especialmente las de entrega.

Hay un buen número de estudios en América Latina sobre estas plataformas que permite destacar conclusiones relevantes para el presente texto.8 A pesar de las narrativas de las plataformas y de su interpelación de las personas trabajadoras como “contratistas independientes”, “proveedores externos independientes”, “socios taxistas”, “socios repartidores”, etc., no se está ante trabajo autónomo. Las personas trabajadoras no intervienen en el intercambio, especialmente en la fijación de precios del servicio, y su trabajo es controlado estrictamente de manera algorítmica. Por tanto, se está ante relaciones de trabajo asalariado encubierto que, además viene marcadas por la precarización. En este sentido, no hay ruptura con el neoliberalismo que fue el orden social que impuso la precarización como lógica estructurante de las relaciones asalariadas. No obstante, no siempre se es consciente de tal encubrimiento y las narrativas de las plataformas pueden ser convincentes. O sea, no hay necesariamente correspondencia entre la situación laboral objetiva y su percepción por las trabajadoras y trabajadores. Al respecto se ha propuesto como hipótesis que las percepciones se configurarían torno a dos polos. Por un lado, estaría el salarial que invoca una subjetividad estructurada en torno a derechos laborales tradicionales y que tiene su origen en el otrora empleo formal. Por otro lado, estaría el polo de la autonomía que tiene su fundamento en el gran legado laboral del neoliberalismo: la cultura del emprendimiento. Entre estos dos polos, se puede configurar un amplio espectro de subjetividades laborales a partir de la especificidad de la propia trayectoria laboral (Pérez Sáinz, 2025).

La segunda dinámica laboral a considerar es la de la automatización del trabajo. Por el incesante cambio tecnológico, especialmente por los desarrollos recientes de la inteligencia artificial, la reflexión al respecto se basa en ejercicios prospectivos que buscan estimar su impacto9; o sea, cómo será el saldo entre el empleo que se destruye y el que se crea. Para América Latina hay un señalamiento que es de gran relevancia: las actividades de baja productividad no se verían afectadas (Weller et al., 2019, Espíndola y Suárez, 2024). Al respecto hay que recordar que los mercados laborales de la región se caracterizan por su heterogeneidad y por la existencia de un excedente de fuerza de trabajo, en especial de carácter estructural, que muestra la existencia de marginación laboral. En este sentido, uno de los principales efectos de la automatización del trabajo en América Latina conllevaría la consolidación de tal excedente en tanto que marginación digital se articularía a marginación laboral. Este sería el costo de escapar a los efectos de la automatización, pero se estaría ante una paradoja perversa: no hay marginación por automatización porque ya se está en la marginación laboral (Pérez Sáinz, 2025).

No obstante, hay estudios que muestran el uso de tecnologías digitales en las economías populares latinoamericanas, es decir dentro del mundo de la marginación.10 Al respecto merece la pena a referirse a evidencia empírica sobre pequeños establecimientos en Costa Rica.11 Así, mientras en 2017 la mitad (53.3%) de estas unidades económica tenían acceso a Internet, ese porcentaje creció al 92,3% en 2024; un guarismo muy cercano al del uso de teléfono móvil (94,3%). De hecho, hubo incrementos importantes de los porcentajes de establecimientos que hicieron uso del móvil y que tuvieron acceso a Internet durante la pandemia la cual implicó un ejercicio forzado de socialización digital.12 Por el contrario, el uso de computadoras ha permanecido similar durante este período: 20,5% en 2017 y 20,6% en 2024 (INEC, 2018, cuadro 4.16 y 2025, cuadro 4.21).13

Estos datos corresponden al caso costarricense, caracterizado por uno de los IDI más altos de la región como se ha constatado en el cuadro 1. Al respecto, se puede pensar que, en países donde la conexión universal y significativa es menor, los niveles de adopción tecnológica son inferiores y, por tanto, en las economías populares de la región la adopción de este tipo de tecnologías se limita a las más básicas. Es decir, uso de computación en la “nube”, Internet de las cosas, analítica de “grandes datos” o inteligencia artificial están fuera del alcance de este tipo de establecimientos. En este sentido, se puede concluir que la marginación social se ha visto reforzada por la digital a través de brechas digitales no sólo de primera generación (las relacionadas a la conexión, uso y obtención de beneficios tangibles de Internet), sino -sobre todo- de segunda generación que remiten a los algoritmos y a la posibilidad de acceso a las tecnologías digitales más avanzadas. No obstante, dado el derrotero tecnológico asumido por el capital con el digitalismo en términos de profundizar las asimetrías de poder y depredar la naturaleza, esta condición de digitalización básica del mundo de la marginación y de la economía popular puede representar una oportunidad para pensar una digitalización sin digitalismo. Esta es una cuestión que se retoma en las conclusiones.

2.2 Digitalización, ciudadanía y auge de la ultraderecha

Un segundo fenómeno a considerar remite a las otras dos dimensiones de la marginación, especialmente a la de desciudadanización, en concreto a su manifestación política. Este tiene su origen en el del auge de la derecha radical14 y en sus efectos sobre el mundo de la marginación.

América Latina entró en el siglo XXI signada por dos fenómenos que, si bien tuvieron orígenes distintos, interaccionaron en algunos casos: el auge de las commodities y los gobiernos de corte progresista que recibieron distintas denominaciones (“de la marea rosa”, neo-desarrollistas o posneoliberales). La crisis de 2008 en el Norte, que mostró los límites de la financierización neoliberal, interrumpió ese auge, pero solo de manera momentánea porque la demanda de la economía china se recuperó rápidamente. La auténtica crisis neoliberal de las economías latinoamericanas no fue la de 2008, como en el Norte, sino el agotamiento de este auge de las commodities, a partir de 2014 y el verdadero quiebre lo ha representado la pandemia de 2020. En esa coyuntura no fue el mercado el que ofreció soluciones a problemas básicos tales como trabajo, educación consumo; por el contrario, fueron las tecnologías digitales las que propusieron tales soluciones, aunque con efectos socialmente diferenciadores.

La finalización del auge de las commodities y el agotamiento de las experiencias progresistas no implicaron un giro político hacia la derecha a pesar del surgimiento de propuestas de ultraderecha. Más bien, la región entró, como han argumentado Kessler y Vommaro (2025), en un ciclo de inestabilidad política y descontento social que ha dado lugar a tres escenarios según estos autores: polarización ideológica con componentes afectivos, descontento generalizado y polarización centrada en la figura de un líder emergente. Estos tres escenarios son diná­micos y no siguen una secuencia preestablecida.

En el primero y tercero de estos escenarios se destaca la importancia de los componentes afectivos. Así, los sentimientos configuran la polarización en términos que los problemas han sido creados por el “enemigo” mientras que el “nosotros” tiene la capacidad de resolverlos. Por su parte, la irrupción de un líder organiza los afectos en términos de adhesión o rechazo. Es decir, tanto las dinámicas sociales como políticas de la región, estarían atravesadas por los sentimientos que devienen centrales.15

Para el análisis político de los (des)afectos, la propuesta de Illouz (2023) de “estructura de sentimiento” resulta pertinente por la doble dimensión que conlleva. Por un lado, se está ante una experiencia social compartida por personas que no necesariamente pertenecen a una misma categoría social porque los sentimientos pueden ser socialmente transversales. Por otro lado, actores presentes en la arena pública (partidos políticos, medios de comunicación, grupos de presión, etc.) pueden resignificar esta experiencia. Para esta autora, la estructura de sentimiento se configura cuando acontece el “encuentro fructífero” de ambos elementos porque esa experiencia y las emociones que conlleva adquieren significado político.16 Al respecto, la comunicación basada en la digitalización juega un papel clave en tal “encuentro”; el carácter horizontal, instantáneo y sincopado de este tipo de comunicación ha facilitado su funcionamiento en el marco de las emociones.

Al respecto, resulta sugerente la propuesta de Gerbaudo (2018) quien, recurriendo al concepto weberiano de afinidad electiva, sostiene tal correspondencia entre las redes sociales y el populismo, sea de derecha o de izquierda. Asumiendo la profunda crisis de legitimidad del orden neoliberal, argumenta que las tecnologías digitales, a través de las redes sociales, han desencadenado dos dinámicas que han favorecido el populismo. Por un lado, Internet, a través de la Web 2.0, se ha convertido en la “voz del pueblo”: la posibilidad de expresión de aquellas personas que no se han identificado con los medios de comunicación tradicionales, alineados con las élites. Por otro lado, ha generado un lugar de encuentro para individuos aislados, pero que comparten el mismo malestar.

En los casos en que este tipo de situación ha supuesto el auge de derecha radical se ha debido a que ésta ha sido exitosa en resignificar el malestar en clave de dos sentimientos de consecuencias nefastas: el miedo y el odio. Sentimientos que están latentes en la sociedad, incluido el mundo de la marginación, y que influyen en los procesos electorales.17

En términos de miedo hay que referirse a territorios de marginación donde actores violentos han logrado su control y han impuesto su orden paralegal. Transgredirlo puede tener consecuencias letales; de ahí, que ese orden si bien en algunos casos puede tener cierta legitimación por el derrame de recursos hacia la comunidad por los actores violentos, se sustenta, en última instancia, en el temor de los pobladores. Esta es una problemática bien conocida para América Latina y el tema de la seguridad es uno de los más prioritarios para la ultraderecha de la región (Ubilluz, 2024). Además, al contrario de posiciones de izquierda que proponen soluciones preventivas para abordar las causas de la violencia, la derecha radical se decanta claramente por medidas punitivas que tiene la ventaja de disminuir la inseguridad a corto plazo, pero no necesariamente erradican las causas de la violencia. Este punitivismo extremo suele implicar la participación del aparato militar que redefine al “enemigo”: de la izquierda política del siglo XX a la delincuencia, especialmente el crimen organizado, en el siglo actual.

En la región, el caso más paradigmático es el salvadoreño, país donde -en las últimas décadas- pandillas denominadas “maras” han controlado los asentamientos de sectores populares convirtiendo la cotidianeidad en una constante pesadilla. La instauración del “estado de emergencia” por parte del gobierno de Bukele ha logrado desarticular a las pandillas materializando el denominado “encuentro fructífero”. Esta política ha recibido un amplio respaldo por parte de la población a pesar que la ciudadanía salvadoreña ha perdido sus derechos legales garantizados por la Constitución.18

En cuanto al odio, su latencia en el mundo de la marginación se puede ubicar en la frustración de la propia condición marginal en su triple dimensión y en su profundo desempoderamiento. Esa frustración puede convertirse en resentimiento cuando se logra comparar el desempoderamiento que se padece con el empoderamiento de otros. De esta manera se comienza configurar un “yo”, y también un “nosotros”, en oposición a un “otro”. Este es un contexto propicio para que actores populistas logren generar una “estructura de sentimiento” identificando al “otro”. En el caso de populismo tradicional ha sido la oligarquía por oposición al pueblo, pero con la actual derecha radical el “otro” puede ser diverso: partidos de izquierda, mujeres, grupos LGBTI, etc.

El ejemplo más paradigmático lo representa el brasileño con Jair Bolsonaro. A partir del fin del auge de las commodities, se configuró una profunda polarización política en ese país en torno a dos cuestiones: las protestas sociales que estuvieron al origen del “golpe blando” contra Dilma Roussef en 2016 y la operación Lava Jato (lavado de autos) que llevó a Lula a prisión, resultado de una estrategia exitosa de lawfare, y que le impidió participar en las elecciones de 2018 que fueron, justamente, las que ganó Bolsonaro. En esta contienda electoral, el bolsonarismo, logró la resignificación de esta polarización estigmatizando al Partido dos Trabalhadores (PT) como corrupto dentro de la dialéctica “amigo” versus “enemigo”.

Se ha mencionado que este contexto de configuración de “estructuras de sentimientos” la comunicación digital juega un papel primordial. Se puede decir que tanto Bukele como Bolsonaro son “animales digitales” por excelencia. El primero con uso permanente de Twitter, hoy en día X, que le ha llevado incluso a comunicarse con los miembros de su gobierno a través de tuits que contienen instrucciones y órdenes y que son conocidos como los “decretos tuits”. Es decir, a través de la comunicación en línea o fuera de ella, se mantiene permanentemente en campaña electoral y la consolidación de la comunicación digital de Bukele, como estrategia de poder, tuvo lugar con la pandemia (Mila-Maldonado et al. 2022, Wolf, 2024, Marroquín Parducci y Orellana, 2025). Por su parte, la incursión en los medios digitales de Bolsonaro data de 2013 cuando su hijo Carlos comenzó a diseñar la infraestructura digital, conocida con el elocuente término de “gabinete del odio”. La idea central fue crear varios perfiles políticos en tono humorístico para atacar oponentes políticos. Se configuró una estructura con tres círculos. El más interno ha estado compuesto por la propia familia y sus asesores más cercanos quienes han generado los contenidos y controlado las actividades. Un segundo anillo lo han constituido los seguidores y militantes bolsonaristas que son los que han difundido estos contenidos y han protagonizado los ataques en las redes. Finalmente, han estado las personas usuarias afines al bolsonarismo quienes han difundido y replicado estos mensajes en sus propias redes; además no hay que olvidar activistas independientes de ultraderecha. De hecho, ha configurado un “ejército” conocido como las “milicias digitales” (Bolzan de Morais et al., 2021, Nemer, 2022, De Albuquerque y Alves, 2023).

No obstante, hay que tener cuidado y no asumir dos ideas erróneas. La primera es que las tecnologías digitales son causantes del auge de la ultraderecha. Eso supondría otorgar a la tecnología el estatuto de actor cuando se trata de un recurso en disputa que define un campo de poder y conflicto. La segunda es que la ultraderecha tiene mayores habilidades en el manejo de este tipo de comunicación. Ha sido la prevalencia de estructuras de sentimiento basadas en el miedo y en el odio las que han dado ventaja a la ultraderecha, pero no siempre tiene que ser así si lo que está en juego son otros tipos de sentimientos.

3. Conclusiones

Se quiere reflexionar, de manera preliminar, sobre un conjunto de desafíos que los impactos de la digitalización plantean al mundo de la marginación partiendo de la premisa que, cualquier desarrollo tecnológico y en este caso el digital, es un campo de disputa por poder.

El discurso predominante, especialmente desde los organismos internacionales, es que la digitalización ofrece la oportunidad de cerrar brechas entre el sector de baja productividad (normalmente calificado como informal) y el de mayor productividad. O sea, se está ante la oportunidad de reducir la heterogeneidad productiva que ha caracterizado históricamente a las economías latinoamericanas. En este sentido, la adopción de estas tecnologías por parte de microempresas, empresas pequeñas y medianas las podría equiparar con las grandes que son las que muestran mayor capacidad de adopción de este tipo de innovaciones. Por lo tanto, habría que aprovechar las posibilidades de este upgrading tecnológico.

Este tipo de propuesta parece razonable por sus efectos incluyentes; no obstante, se puede levantar dos objeciones. La primera es que se trata de una integración en la lógica del digitalismo basada en la maximización de beneficios. La segunda, corolario de la primera, es que no necesariamente la mayoría de establecimientos lo lograría, sino probablemente serían pocos, los que muestren mayor capacidad de competitividad. En este sentido, se puede pensar en una estrategia alternativa. La finalidad sería obtener medios de vida para superar la primera dimensión de la marginación; no se propone apostar por la supervivencia sino por la vida que no es lo mismo. Se podría explorar, dentro de lo posible (no hay que olvidar que se está dentro del horizonte histórico del capitalismo), cómo las tecnologías digitales podrían ayudar a cambiar parámetros básicos de la sociedad y la economía: que el valor de uso desplace al valor de cambio, la cooperación sustituya a la explotación, la solidaridad se imponga sobre la competencia y la generosidad destierre al lucro.

Además de la adaptación de tecnologías digitales por establecimientos del mundo de la marginalidad, no hay que olvidar el impacto en términos de empleo que pueden generar las plataformas digitales de trabajo, en concreto las de transporte y entregas que, como ya se ha argumentado, son las que tienen relevancia en este contexto. La cuestión clave es la narrativa de la autonomía que intentan imponer las plataformas y que resulta convincente para parte de las y los trabajadores, especialmente jóvenes. Al respecto se plantea la problemática del emprendedurismo neoliberal que ha sido reforzado con el digitalismo (mostrando que esta transición de órdenes sociales no es rupturista) y que ha hecho de este fenómeno no sea solo una categoría económica sino también moral (Semán y Welschinger, 2023). Es decir, se ha gestado una nueva ética del trabajo donde los derechos han sido desplazados por los deberes.19 El reto que debe afrontar no sólo el mundo de la marginación sino la sociedad, es la regulación de este tipo de plataformas, pero generando nuevos tipos de derechos que puedan incorporar las aspiraciones de autonomía. De hecho, la reivindicación del emprendedurismo ha sido uno de los grandes logros de Milei para lograr la adhesión de este tipo de jóvenes. Esta última observación lleva al segundo conjunto de desafíos.

En cuanto a las estructuras de sentimiento y su resignificación desde la esfera pública, lo primero sería lograr una resignificación de la desciudadanización y de la invisibilización distinta de la del miedo y el odio, como ha impuesto la derecha radical. Podría ser una estructura de sentimientos configurada en torno a la dignificación de las y los marginados. De hecho, los gobiernos progresistas de inicios del siglo lo intentaron, con mayor o menor éxito, durante el auge de las commodities. Esto implica que actores políticos progresistas deben involucrarse a fondo en la pugna sobre las redes sociales para que la verdad se imponga a la posverdad y otras formas de falsedad. Tomar en serio esta nueva comunicación forma parte de la reinvención de la democracia que se necesita; un ejercicio que debe atreverse a ir más allá de la oposición entre democracia liberal e iliberalismo. Pero, la configuración de estructura de sentimientos en el mundo de la marginación podría intentar también que la acción resignificadora comience a ser endógena. Es decir, que sean actores de este mismo mundo los que intenten dar sentido político a los sentimientos. Corolario de ello es que se podría propiciar salidas de la marginación, no solo individuales a través de la violencia, la migración o la religiosidad, sino también colectivas. De hecho, las tecnologías digitales han coadyuvado a la configuración de movimientos sociales.20

En conclusión, la incidencia de dinámicas digitalizadoras en el mundo de marginación plantea, como en otros ámbitos de la sociedad, un nuevo campo de disputa de poder. En este caso se trata de apropiarse y utilizar tecnologías digitales para superar el triple desempoderamiento de la desposesión de medios de vida, de la desciudadanización y de la invisibilización.21 Es decir, se está ante una cuestión abierta que puede tener múltiples desenlaces por lo que los efectos de estas tecnologías en el mundo de la marginación -a priori-ni son ni beneficiosos, ni perjudiciales; todo depende del abordaje que hagan los actores de este mundo.

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Notas

1 Su construcción se detalla en ITU (2025, Annex1).
2 Hay nuevas desigualdades digitales asociadas a los algoritmos y a la inteligencia artificial, en términos de conocimiento, de sesgo en el diseño de los algoritmos y de discriminación en su aplicación (O’Neil, 2016, Gómez Barrera, 2018, Ragnedda, 2020).
3 Los datos provienen de encuestas hogares procesadas por la CEPAL y que se encuentran en su Observatorio de desarrollo digital. Los países están ordenados, de menor a mayor, por el promedio simple de las brechas.
4 En textos anteriores hemos caracterizado esta dimensión en términos de carencias materiales y simbólicas. Hay que realizar una autocrítica porque esa expresión remite a resultados y no a procesos como las otras dos dimensiones (desciudadanización e invisibilización). Por eso, el término desposesión de medios de vida es más adecuado.
5 En términos globales afecta a pueblos enteros como son los casos, entre otros, del saharaui, rohingya o palestino. El silencio o las críticas autocontenidas de gobiernos que proclaman la defensa de los derechos humanos, sobre el genocidio de las y los gazatíes no es extraño a esta problemática.
6 Hay que mencionar que el texto incluye un análisis muy sugerente sobre el uso de WhatsApp por el bolsonarismo en las elecciones de 2018.
7 Hay más plataformas laborales, pero las cuatro mencionadas son las más importantes.
8 Entre los numerosos estudios se pueden destacar dos compilaciones: Hidalgo Cordero y Salazar Daza (2020) y Stecher y Morales (2024). Además, hay que mencionar el dossier sobre “Trabajo y trabajadores de plataformas digitales” de Estudios Sociológicos editado por Mora Salas et al. (2024).
9 Hay dos enfoques metodológicos básicos, según las estimaciones se haga sobre las ocupaciones o sobre las tareas, que arrojan resultados diferentes. El primero tiende a maximizar el riesgo de automatización mientras el segundo lo relativiza.
10 Destacan las que se refieren a la adopción de este tipo de tecnologías por organizaciones de la denominada “economía popular y social”.
11 Desde 2017 el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) de Costa Rica realiza una Encuesta Nacional de Microempresas de los Hogares. Este tipo de establecimiento se define si cumple al menos uno de los siguientes criterios: no estar inscritos en el Registro Nacional como empresa o razón social con cédula jurídica; no poseer registros contables formales; no tener asignado un salario fijo para la persona dueña de la actividad.
12 En un estudio sobre áreas marginales de la Región Metropolitana de Buenos Aires se ha detectado que en el comercio autogenerado (el que se sigue denominando como informal) se ha dado una fuerte digitalización a partir de la pandemia. Ese fue un momento de aprendizaje digital forzado que fue incorporado y resignificado en términos de las prácticas de subsistencia de este sector. Si bien ha viabilizado la actividad comercial en este nuevo contexto, este acceso a tecnologías digitales no ha supuesto un verdadero empoderamiento, sino que expresa una nueva desigualdad (Pla, Galeano Alfonso y Salvia, 2024).
13 Galeano Alfonso y Pla (2022) han encontrado que, durante la pandemia en Argentina, según se desciende en la estructura social, la computadora perdía relevancia mientras el teléfono inteligente y el acceso a Internet se veían realzados.
14 Se recurre a la terminología de Mudde (2019) quien considera a las fuerzas políticas que adversan la democracia liberal como ultraderecha. Dentro de ella, este autor diferencia dos corrientes: la extrema derecha y la derecha radical. Esta última, al contrario de la primera, acepta la esencia de la democracia en tanto que cree en poder del pueblo y sería la predominante; no obstante, el tránsito entre ellas es fluido. En América Latina sus figuras más destacadas serían Jair Bolsonaro, Nayib Bukele y Javier Milei. En la región hay numerosos estudios al respecto por la importancia obvia de este fenómeno.
15 Este énfasis en los afectos se inscribe en el denominado “giro emocional” de las ciencias sociales operado a fines del siglo pasado que supuso otorgar un lugar importante a los sentimientos dentro del análisis de la sociedad. Ha supuesto cuestionar a las emociones como algo inferior al pensamiento y a la razón (Ahmed, 2015) y si se entienden aquellas como la percepción que tienen las personas de su bienestar (o malestar) en una situación determinada, las emociones, como argumenta Illouz (2023, p. 20), “…no encajan bien en la división entre racional e irracional”.
16 En su análisis sobre la adhesión a la propuesta de Milei por parte de las “juventudes mejoristas” (que buscan orientar sus vidas a través del emprendedurismo), Semán y Welschinger (2023) argumentan que el éxito de las convocatorias liberales se debe a que han logrado poner en palabras y en público, experiencias de esas personas jóvenes.
17 Rovira Kaltwasser et al. (2024) han aplicado una encuesta en Argentina, Brasil y Chile para indagar sobre el apoyo y el rechazo a la derecha radical en esos países. Al respecto, interesa los datos en términos de nivel socio-económico definido por la autopercepción de la persona informante sobre su posicionamiento económico. En palabras de estos autores: “…en primer lugar, observamos que en Argentina el voto ‘anti’ Milei se concentra en la clase media mientras el voto ‘pro’ Milei lo hace en la clase baja. En segundo lugar, para el caso de Brasil existen muy pocas diferencias, aunque la mayor brecha entre el voto a favor y en contra de Bolsonaro se encuentra en el estrato más bajo. Por último, se observa en Chile que las clases baja y alta son más ‘anti’ que ‘pro’ mientras la clase media es más ‘pro’ que ‘anti’” (comillas de los autores) (Rovira Kaltwasser et al., 2024, p. 10).
18 Hay que destacar que el actor que ha acaparado la violencia en El Salvador -desde finales del siglo pasado- han sido las pandillas porque el crimen organizado, al contrario de Guatemala y Honduras, ha tenido una presencia marginal. Las “maras” se caracterizan por una estructura delictiva poco jerárquica, con fuerte anclaje microterritorial y ha priorizado la violencia social sobre la ganancial. Por estas características, la estrategia bukelista ha sido viable y exitosa, pero justamente por ello, el “punitivismo bukelista” no es un “producto de exportación”.
19 Entre las personas jóvenes “mejoristas” entrevistadas por Semán y Welschinger (2023, p. 136), está el caso esclarecedor de una repartidora de plataforma que adversa los derechos porque “empobrecen”. Una conclusión que, como dicen estos autores, “…adquiere valor de programa político”.
20 Al respecto, véase el análisis de Castells (2012) sobre varias protestas acontecidas a inicios de la segunda década del presente siglo en distintos países (Islandia, Túnez, Egipto, España y Estados Unidos) en las que las redes digitales adquirieron gran protagonismo. Si bien se puede criticar a este autor de tecno-optimismo por exagerar el impacto digital, es cierto también que demuestra potencialidades de las redes en la configuración de movimientos sociales que no pueden ser ignoradas.
21 Este planteamiento concuerda con la propuesta de Nemer (2022 y 2024) de “tecnología mundana” (Mundane Technology) que enfatiza cómo las comunidades marginales se apropian cotidianamente estas tecnologías para navegar y contrarrestar las desigualdades económicas y sociales que padecen.

Recepción: 01 marzo 2026

Aprobación: 01 abril 2026

Publicación: 01 agosto 2026



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