Cuestiones de Sociología, núm. 34, e215, agosto 2026 - enero 2027. ISSN 2346-8904Artículos
Clase media bajadora. Experiencia, individualización e imaginación sociológica
Resumen: Clase social, experiencia e individuación constituyen tres términos clave en el análisis de las sociedades occidentales contemporáneas. Este artículo indaga en sus conexiones y tensiones en la tarea de imaginar la estructura social, la movilidad y establecer autoenclasamientos en el conurbano bonaerense. Para ello advertimos el potencial hermenéutico que hoy entrañan una serie de desplazamientos operados sobre algunos términos –“colectivo”, “referente”, entre ellos- a la hora de establecer los conflictos que organizan la vida social y las transformaciones secuenciadas tanto en lecturas del Estado como en las opciones políticas. Con ello nos interesa señalar algunas de las dimensiones en que se manifiesta hoy la crisis de legibilidad y comprensión de lo social.
Palabras clave: Clase social, Estructura Social, Individuación, Subjetivación.
Clase media bajadora. Experience, individualization and sociological imagination
Abstract: Social class, experience, and individualization constitute three key terms in the analysis of contemporary Western societies. This article examines their connections and tensions in the efforts to imagine social structure and mobility, as well as in processes of self- classifications among subaltern sectors in Greater Buenos Aires. To this end, we underscore the hermeneutic potential currently entailed by a series of shifts affecting certain terms —such as “collective” and “referent”— in establishing the conflicts that organize social life and the sequential transformations in both interpretations of the State and political options that take shape. In doing so, we seek to point out some of the dimensions in which the contemporary crisis of legibility and understanding of the social world is manifested.
Keywords: Social Class, Social Structure, Individualization, Subjectivation.
Introducción
Hacia fines del siglo pasado la conceptualización elaborada por E.P. Thompson para “clase social” -que en la historiografía local llevaba un tiempo de reflexiones críticas (Roldán, 2008)-, ganó peso y potencial hermenéutico en las ciencias sociales argentinas. La preocupación del historiador por no confundir las clases con las relaciones sociales de producción, así como su atención dispuesta hacia la agencia, experiencia y costumbres en común caló en los abordajes sociológicos y antropológicos que buscaron analizar los desenlaces del ciclo neoliberal tras la crisis de 2001. Los nuevos enfoques y conceptualizaciones de los sectores populares y las clases medias fueron parte de este momento que sucedía cuando la clase obrera inglesa distaba ya de ser -si alguna vez lo había sido- aquella descrita por Thompson (Savage, 2016, entre otros).
¿Cómo conjugar la postura thompsoniana tal como la hemos referido con los hechos históricos más recientes en los que, tanto la transformación de la estructura social cómo el despliegue del individualismo en tanto ideología nos invita a revisitar la noción de la experiencia ? Para iniciar este camino es necesario recapitular. En los primeros años de 1990, los análisis de una sociedad que, por primera vez, había atravesado “una experiencia masiva de empobrecimiento” (Minujín-López, 1994, p. 92), permitieron conformar una agenda de investigación local revitalizada que captó y disputó sentido a las mediciones y diagnósticos establecidos por los discursos expertos. Como señala Pérez Sáinz, en la discusión técnica sobre la pobreza, particularmente en los ejercicios taxonómicos que la acompañaron, el consumo básico centrado en el hogar “se reveló como el standard por excelencia”, impulsando al menos tres consecuencias notables en América Latina: la mercantilización de la ciudadanía social, la individualización, y la escisión entre ciudadanía y trabajo (2014, p. 445).
El consumo del hogar pasó a ocupar el lugar que hasta entonces había detentado la producción; la caída de la categoría “clase” por entonces hablaba al mismo tiempo de la crisis de la clase obrera, pero también de la profunda crisis atravesada por las ciencias sociales. Como apuntó Bauman (2011), por mucho tiempo, “someter la individualidad a la lógica de la acción grupal implicó formar parte de una clase social”. Su configuración, que tuvo menos que ver con la disputa por el excedente que con “la resistencia a las nuevas formas de control de los cuerpos y las mentes” (Bauman, 2011, p. 29), se transformó al punto tal de volver cada vez más difícil la comprensión del modo en que se despliegan los conflictos que esta categoría pretende captar. Aquellos que, recordemos, llevaron a Touraine (1995) a sostener que la oposición mayor no estaba dada ya entre grupos sociales concretos y estables, sino “entre la administración tecnocrática y la voluntad de volver a apropiarse colectivamente de la dirección del cambio global”. Lo que en el plano histórico y político tanto temía Hoggart y no se había consumado en los tiempos de su obra cumbre, fraguó tiempo después.
En el plano de la ciencia social, como observaron oportunamente Fitoussi y Rosanvallon (1997) sucedía que, pese a contar con una acumulación inusitada de información y datos mayormente estadísticos, las ciencias sociales se encontraban ante sociedades que resultaban cada vez menos legibles. Esto era así porque los métodos, técnicas, nomenclaturas y categorías pensadas y movilizadas desde hacía cinco décadas para abordar sociedades compartimentadas y jerárquicamente ordenadas -desplegadas en la integración, la movilidad ascendente y los sentimientos e impulsos igualitarios descritos para la Argentina por Rubinich (2022) y por Torre (2023)- eran, justamente, presa de sus propias denominaciones: de palabras que se ajustaban cada vez menos a las realidades sociales que buscaban asir. En la base de este diagnóstico se encontraba para los autores la intensificación del proceso de individualización que, “si bien podía ser emancipatorio, volvía a cada quien más frágil y responsable de su porvenir” (Fitoussi y Rosanvallon, 1997, p. 39). Se trataba de un porvenir que se presentaba cada vez menos ligado a un destino común y que acusaba, además, una conmoción en la ponderación de la temporalidad: ante la incertidumbre del presente, el pasado se tornaba más importante que el futuro, porque en la idea de futuro se inscribían desigualdades intracategoriales mucho más inaceptables y mortificantes que fenómenos masivos y evidentes como la exclusión social (Fitoussi y Rosanvallon, 1997, p. 28).
El “individuo consumidor” y “el hogar con derecho a un consumo mínimo”, como eje de la nueva ciudadanía que ha intentado imponer el neoliberalismo, evidencia “la transformación radical del proceso de individualización” (Pérez Sáinz, 2014, p. 447). En algunos análisis más o menos recientes, incluso, ya no se trata siquiera de “ciudadanos-consumidores”, sino de meros “compradores” (Collins, 2015). El punto es que, en Pérez Sáinz, el hogar como espacio de formación de capital humano se presenta escindido del mundo del trabajo y decanta en un “empoderamiento por individualización”, resultante de “una pedagogía en torno al ejercicio de la libertad individual en los diversos ámbitos de la vida, más que en el desarrollo de lazos de solidaridad y organización autónoma” (Schild, 2013, citado en Pérez Sáinz, 2014, p. 438). En la lectura de Rubinich, su figura icónica es el “individuo pragmático” (2022, p. 27).
Detengámonos aquí para formular dos observaciones necesarias en función del argumento que seguiremos en estas páginas. En primer término, cuando nos referimos y asumimos tal conceptualización para “proceso de individualización” y sus categorías asociadas (“empoderamiento por individualización”, “individuo pragmático”) lo hacemos para destacar la historicidad específica que tiene “la constitución de formas del agente, de nociones de persona singulares que dan lugar a politicidades singulares” (Semán, 2006, p. 174). En este punto seguimos a Scott: la noción de “experiencia” -que ocupa un lugar crucial en la noción thompsoniana de clase- demanda densidad argumental; sin embargo “no es evidencia histórica y definitiva per se, sino una interpretación que requiere de otra interpretación. Lo que cuenta como ‘experiencia’ no es ni evidente ni claro y directo” (2001, p. 72). Específicamente, en Thompson, cumple un rol “integrador” que conecta agencia y estructura: “la experiencia es el principio de un proceso que culmina en la realización y articulación de la conciencia social, en este caso una identidad común de clase” (Scott, 2001, pp. 170-171) que, como bien ha sido observado no sólo por Scott (véase Davidoff y Hall, 1994; Linebaugh y Rediker, 2001) debe extenderse a otros ámbitos vitales, además de los considerados por el historiador.
En segundo término, no es nuestra intención intervenir o posicionarnos respecto de lo que se dictamina desde la academia al sentido común: nos referimos al triunfo del individualismo y su ideología constituyente. Lo que propondremos aquí es tomar otro camino. Hacer lugar a una serie de consideraciones sobre la experiencia para “preservar la problematización del agente”, hacer visibles los dispositivos y configuraciones de agentividad realmente existentes y discernir las formas de acción social emergentes. Esto implica “investigar el plano de articulación contingente de reglas, discursos y objetos en el que las ideologías son derivadas y se tornan eficaces” (Goldman, 1999, p. 35) en el proceso histórico.
Dicho esto, si en la elaboración de Fitoussi y Rosanvallon la consecuencia del proceso de individualización es la “desociologización de la política” (1997, p. 28) y, en Pérez Sáinz, la “despolitización de lo social” (2022, p. 445), para nosotros se trata de un conjunto de fuerzas históricas en devenir que requiere de nuestra atención en el llano, porque nuestro problema atañe a las nuevas condiciones en que la experiencia es constitutiva de los sujetos que acusan el impacto de su subalternización en sus propios términos. Entre sus condiciones se encuentra la individualización como emergencia del cambio en la forma de generación de sujetos, algo que es previo cronológicamente a las ideologías englobantes (el individualismo en este caso) por lógicas sociales, económicas y tecnológicas de generación de subjetividad.
En las páginas que siguen exploramos los senderos trazados por el proceso de individualización tal como lo identificamos más arriba en su encuentro con la clase y los modos de imaginar la estructura social argentina. Para ello nos permitiremos un aparente desvío, aunque confiamos en que al final del recorrido esta impresión se revierta. Nuestro análisis parte del modo en que nuestros y nuestras interlocutoras dimensionan y argumentan logros y expectativas, también de las formas en que identifican a quienes resultan referencias admirables o inspiradoras. Luego, en una segunda instancia, nos concentramos en las partes que componen la estructura social tal y como nos ha sido compartida en el trabajo de campo: sus nominaciones, fronteras y proporciones; veremos quienes las habitan y las razones por las cuales se sitúan en alguna de ellas. Nuestro objetivo es advertir el potencial hermenéutico que hoy entrañan los desplazamientos operados sobre lo “colectivo” y lo “común” a la hora de establecer los conflictos y las identificaciones que organizan la vida social desde la perspectiva de nuestros y nuestras interlocutoras. Finalmente, en el último apartado, regresamos sobre Thompson y su perspectiva sobre la clase para buscar a partir de ella las claves y orientaciones que nos permitan captar algunas de las dimensiones en que se manifiesta actualmente la crisis de legibilidad y comprensión de lo social.
Si bien nuestra preocupación por lo que aquí designamos como “imaginación sociológica” se remonta dos décadas atrás (Semán y Merenson, 2007), este artículo recupera particularmente el resultado de la investigación iniciada en 2019 en dos municipios del segundo cordón de la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA), comúnmente conocida como “conurbano bonaerense”: uno de ellos situado en el sur y otro en el norte. Ambos integran la zona más densamente poblada del país y comportan fuertes asimetrías en sus perfiles sociodemográficos que impulsan, a su vez, reflexiones estereotipadas sobre el “norte rico” y el “sur pobre”. En ambos el trabajo de campo avanzó en dos etapas. La primera incluyó el sostenimiento de múltiples interacciones y conversaciones informales con personas que, de acuerdo con los tipos sociourbanos elaborados por Chaves y Segura (2021), residen en “barrios de clase media en casco urbano consolidado” y en “barrios de clase baja” o “de trabajadores”, identificados en los respectivos catastros municipales como asentamientos irregulares. La segunda consistió en la confección de entrevistas etnográficas que tematizaron algunos de los ejes temáticos que componen la Encuesta Nacional de Estructura Social (ENES) implementada por el Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (PISAC, 2019) pero que, como veremos, no se ajustaron exclusivamente a ellos. Además del lugar de residencia, las personas entrevistadas comparten otro rasgo diacrítico: al decir de Carassai (2013), se trata de “gente común”. Salvo en muy contadas excepciones, ninguna de ellas había sostenido o sostenía al momento de nuestros encuentros algún tipo de participación política, sindical, religiosa o barrial activa. De hecho, era muy frecuente que mostraran desconfianza o rechazo hacia las instituciones que tradicionalmente han delimitado potentes identificaciones colectivas. Las entrevistas fueron complementadas con registros fotográficos y observaciones con y sin participación volcadas en diarios de campo. Sin pretensión de representatividad, procuramos equilibrar por género y edad la distribución del total de las más de noventa entrevistas realizadas hasta el momento, la gran mayoría de las veces en los hogares de nuestros interlocutores, varias de ellas de más de un encuentro, prolongadas a su vez en consultas específicas a través de soportes digitales.
Punto de partida
Los análisis de la estructura social y la “clase subjetiva” inaugurados por los trabajos de Gino Germani ([1963] 2010) cuentan con una extensa tradición en el país que no es posible desplegar aquí. Como apuntan Assusa y Mansilla (2019), en su abordaje cuantitativo se identifican, básicamente, dos modalidades: la primera consistente en la autoubicación de las personas en una escala de posiciones sociales que va de 1 a 10 y, la segunda, en la elección de una categoría de clase prefijada para establecer la pertenencia. En esta línea, en las últimas dos décadas y, a partir de distintos sets de datos, las investigaciones se concentraron en determinar si las circunstancias y la posición de las personas dentro de la sociedad era acompañada –o no–, en qué grado, y con qué precisión de las percepciones en torno a la jerarquía y la distribución de las posiciones existentes (Jorrat, 2008; Jacquet y Clemenceau, 2013; Grimson, 2015; Kessler, 2016; Piovani y Salvia, 2018). Estos trabajos destacaron “distorsiones”, “corrimientos”, “disonancias”, “inconsistencias” a la hora de explicar lo que, tras la crisis de 2001 y hasta 2018, resultaba en una masiva adscripción a las clases medias (Assusa y Mansilla, 2019). Al igual que en otros países de la región, esto llevó a postular la conformación de una “clase media emergente”, actualmente jaqueada en virtud de la fragilidad de las mejoras en las condiciones materiales y estilos de vida previamente alcanzados (Benza y Kessler, 2020).
Fueron realmente contadas las intervenciones que observaron cómo, en un contexto de cambio acelerado, los sujetos ya no podían hallarse en lo que Feijoó (2001, p. 15) consideraba “construcciones estadísticas socialmente vacías”. Sin duda, a comienzos de este siglo, su contribución fue de lo más contundente en esta dirección: su trabajo observaba una nueva estructura social, de lo más parecida a un tipo dual (pero “interconectada o, al menos, no simplista”) y la persistencia y profundización de la pobreza general cuyo devenir se permitía enunciar como una pregunta abierta; al tiempo que remarcaba que ello poco quería decir si no se iniciaba un estudio distinto respecto de las formas en que “los actores encuentran, nombran y actúan los nuevos lugares en dicha estructura” (2001, p. 10). En un momento de “alta y permanente inestabilidad en la construcción de la subjetividad” y “ante la necesidad de conceptualizar nuevamente las formas de la pobreza”, Feijoo demandaba explorar los anclajes que organizan las autoidentificaciones de clase y, para ello, proponía un desplazamiento de las correlaciones estadísticas a las tramas relacionales. Estas tramas, observaba, portaban una novedad respecto de la sociedad integrada cuyo proceso centrífugo situaba en los años 1980: eran “tramas entre individualidades orientadas a ayudar a los que están en crisis, [con] un escaso desarrollo organizativo” (Feijoó, 2001, p. 21). Asistida por Rosanvallon, veía “la crisis de la noción del bien común” en las estrategias implementadas por los más pobres y los menos pobres a la hora de atenuar los efectos del modelo (Feijoó, 2001, p. 58). En esta misma tónica debe considerarse lo que luego sucedió con la identificación masiva con la clase media que ocultó su heterogeneidad tras una operación en la que lo que se quería decir es “no soy ni parásito, ni tampoco millonario”. Aquella identificación, años después, se reveló sumamente perturbadora. Situarse en las clases medias fue cada vez más difícil, tal como hoy lo muestra la pirámide social que propone el trabajo de Oliveto (2025).
En lo que hace a los estudios antropológicos en Argentina, ya se ha mencionado que hasta este siglo no sostuvieron “un debate estructurado sobre la clase”, o sobre “la composición y pesos relativos de los diferentes sectores” sociales (Benza et al., 2016, p. 189). Esto, desde ya, no significa que sus contribuciones no hayan resultado importantes para comprender los sentidos y las percepciones nativas que tensionan, afirman o disputan las caracterizaciones estructurales, considerando en ello su historicidad y situacionalidad (Visacovsky y Garguin, 2009). Teniendo por horizonte analítico las desigualdades entrelazadas, los estudios etnográficos se concentraron más bien en la vida social y política de los “sectores populares” urbanos (Benza et al., 2016). En tanto, los abordajes de las clases medias incluyeron una particular atención a las formas de transitar y disputar la ciudad (Chaves y Segura, 2021) y de construir y habitar sus casas (Blanco Emoris, 2021). También se abocaron al análisis de sus prácticas religiosas, consumos, repertorios morales y posicionamientos políticos (Visacovsky, 2008; Viotti, 2011; Noel, 2020; Vargas, 2014) que, entre otras cuestiones, identificaron y analizaron la presencia creciente de los “discursos de si”. En la mayoría de los casos, sin embargo, la pregunta por la autoidentificación de clase no fue explícitamente formulada y problematizada. Lo mismo sucede con la imaginación respecto de la estructura social en que se insertaría tal autoidentificación. En otra ocasión señalamos, además, una de las características centrales de las clases medias locales y, al mismo tiempo, uno de los rasgos más oscurecidos en sus análisis: nos referimos a su volatilidad (sea cual sea el parámetro adoptado para caracterizarlas) y a la tensión que supone la inclusión o exclusión de casos en contradicción con la definición de partida (Semán, 2016, p. 67). ¿Qué implica para nosotros estudiar nuestro presente a partir de los usos de “clase”, y qué comporta para nuestros interlocutores pensarse persistentemente a sí mismos en estos términos?
Digamos que uno de los hallazgos del trabajo de campo, en consonancia con lo señalado por Fitoussi y Rosanvallon (1997) y Feijoo (2001), es que algunas de las técnicas y categorías que usualmente empleamos para captar la configuración de la estructura social y la autoidentificación de clase no responden a las formas en que las personas y los grupos sociales establecen y jerarquizan los distintos criterios de división del mundo social. Como desarrollamos en extenso en otra ocasión (Merenson, 2025), las entrevistas etnográficas indican que las nominaciones, las descripciones que se corresponden con ellas y su peso relativo acusan una heterogeneidad controlada que, a su vez, se modifica a una velocidad que muchas veces se escurre de las manos. Incluso, en aquellos casos en que el criterio privilegiado para brindar una imagen de la estructura social resulta sintónico con el empleado por las ciencias sociales (nivel de ingreso, categoría socioprofesional), las nominaciones, distribuciones y proporciones no se ajustan a lo contemplado por los instrumentos que recurren a preguntas cerradas para establecer la “clase subjetiva”, pero tampoco a los criterios establecidos a priori en las investigaciones cualitativas. Esto sencillamente es así porque las opciones no se adaptan al modo en que establecemos las partes, la relación entre ellas y los conflictos privilegiados a la hora de trazar sus fronteras. Sin embargo, vale anticiparlo, esto no quiere decir que sus dinámicas e inflexiones acontezcan en el vacío. La creatividad y la imaginación desplegada en las apelaciones a “clase social” no es caótica, delirante (en el sentido deleuziano) o infinita, permite rastrear regularidades que, entendemos, se explican por el campo de fuerzas que las contiene (el proceso de individualización) y en el que la experiencia moldea agentes y sensibilidades que, o bien desconocemos, o bien ignoramos por su inadaptación a nuestros esquemas interpretativos. En cualquier caso, para poder dialogar con ello es necesario reanudar y renovar la conversación, disponiéndonos a escuchar los argumentos que desgranan.
Sobre las opacidades de lo colectivo
Como ya mencionamos, para indagar en las imaginaciones de la estructura social y las autoidentificaciones de clase sostuvimos largas conversaciones que abordaron los más diversos temas: dialogamos acerca de historias y trayectorias familiares, laborales y educativas; también sobre deseos, fantasías, logros, expectativas y frustraciones más o menos cotidianas. Entre comentarios y reflexiones acerca de la historia del país, su situación económica y política, recomendaciones de libros, series y películas disponibles en alguna plataforma, de sugerencias de cuentas de Instagram y TikTok a seguir, o de lugares para vacacionar, comprar alimentos o ropa, fuimos advirtiendo cuántas de nuestras preguntas que pretendían captar reflexiones sobre el mundo social encontraban sus respuestas en el repliegue hogareño y personal. A continuación, expondremos parte del material empírico que así nos lo indicó.
Salvo contadas excepciones, nuestras preguntas abiertas por “logros” alcanzados siempre resultaban decodificadas en términos personales: haber formado una familia o una pareja, tener buenas amistades de larga data, fueron las respuestas más inmediatas y recurrentes. Incluso cuando insistimos y preguntamos explícitamente por “logros colectivos”, “sociales”, “que involucren a otros” –empleamos todas estas especificaciones y más-, las respuestas no siempre fueron mucho más allá. De hecho, en algunas situaciones, acusaban cierto desconcierto ante el propio término empleado en nuestra interrogación: “¿Logro colectivo? ¿En qué sentido? No entiendo...”, nos preguntaba Tomás, un comerciante de unos 30 años quien, tras pensar por un rato, consideró en este orden el hecho de haber logrado organizar unas vacaciones en Brasil con trece amigos. Ante la misma pregunta, la respuesta de Cecilia, una empleada bancaria veinteañera, fue: “¿colectivo? No, no sé. Ninguno que yo sepa...”.
Reflexionamos seriamente sobre la posibilidad de un sesgo en la formulación de nuestras preguntas, pero lo cierto es que algunos de nuestros y nuestras interlocutoras de mayor edad interpretaban su intención aun cuando no se consideraban parte de algún proceso o hecho social de trascendencia. Vanesa, una ama de casa cercana a los 60 años, mencionó con cierto pudor “el lugar que ganó la mujer”, aunque descartó sentirse parte de ello dado que no integraba ninguna organización ni participaba de manifestaciones de ningún tipo. Arturo, un médico cirujano cercano a los 50, consideró como logro de su generación el hecho de “sobrevivir a la década de 1990” y, Antonia, una jubilada del sector de comercio, mencionó “la lucha por el regreso de la democracia” a comienzos de los años 1980. Todas estas últimas respuestas fueron antecedidas por la mención de sus respectivos logros personales y coincidentes en el hecho de haber formado una familia y disfrutar de ella.
Nuestras conversaciones no se ajustaron exclusivamente a las conquistas o logros (personales/colectivos) alcanzados: buscamos también explorar deseos y expectativas a futuro. En todos los casos, el deseo de tener “una vida tranquila” (Arturo), “un trabajo de lunes a viernes” (Delia) y una “mejor salud” (Andrea); o de poder comprar una serie de bienes y objetos (que van de una casa propia a un auto -en Rafa-, a una mascota –en Cecilia- o una consola de videojuegos –en Leo-) se antepuso a la expectativa de “ser un país normal” (Arturo), “terminar con tanta desigualdad” (Susana) o de poner fin a “un Estado mayúsculo, imperfecto, que no funciona [y] ahoga con impuestos” a empresarios e inversores (César).
La controversia acerca de los logros, deseos y expectativas personales/colectivas y el orden de precedencia podría haber sido un detalle anecdótico, incluso gracioso en alguna circunstancia. Sin embargo, muy por el contrario, decidimos tomarlo en serio. En parte porque, como veremos, no fueron las únicas instancias en las que la creciente individualización se hizo presente para destacar la opacidad de lo colectivo. Vale aquí formular una aclaración necesaria: opacidad, para nosotros, no es sinónimo de empobrecimiento o degradación. Alude más bien a aquello que no puede advertirse con claridad y, en consecuencia, resulta difuso sólo ante nuestros ojos. El punto es que la dificultad para captar sus contornos no significa que estos no estén allí para señalar desplazamientos cruciales. Luego volveremos sobre esto.
Como ya mencionamos, nuestras conversaciones también giraron en torno de aquellas personas que pudiesen despertar admiración o resultar inspiradoras. La mención de integrantes de la familia fue masiva y significativamente superior a la de cualquier figura pública, ya sea histórica, política, deportiva o cultural. Las “historias más terrenales”, tal como las denominó Marcelo, aquellas que mostraban dedicación o superación y que cada quien podía encontrar en el propio núcleo familiar, no sólo ameritaban emociones profundas, también patentaban valores a partir de los cuales se evaluaba a otros y se establecían distinciones sociales. Entre las y los jóvenes esta opción fue casi una regla: Cecilia, una camarera de 27 años que durante la pandemia “pausó” sus estudios universitarios, pensó inmediatamente en su hermana mayor, a quien describía como su “salvadora” y de la que admiraba su fuerza y perseverancia; Matías, un empleado público veinteañero hoy desocupado, optó por su madre, “porque tiene mucha vocación por el estudio” y logró convertirse en la primera graduada universitaria de su familia. Esta orientación en las respuestas también estuvo presente entre nuestras y nuestros interlocutores de mayor edad: Marcelo, de 51 años y dueño de un quiosco en un barrio popular, evocó a su abuelo, una persona que describía como muy bondadosa, quien fue “una mezcla entre abuelo e imagen paterna” cuando de pequeño su padre “se borró por completo” y, Andrea, artista plástica y docente jubilada de unos 60 años, mencionó a sus tres maestros en la Escuela de Bellas Artes, “tres gentes del bien” que “tuvieron una acción directa en esto que soy”. De ellos aprendió, entre otras cosas, “a no juzgar, a no meterse en la vida del otro”, además del placer por la docencia.
Desde ya, hubo quienes mencionaron a Alfredo Palacios, San Ignacio de Loyola, Charly García, Freddy Mercuri o algún famoso influencer, pero incluso en estos casos tales elecciones podían compartir y hasta declinar protagonismo ante alguna persona cercana. En este punto, la conversación con Victoria, una psicóloga de casi 40 años, fue elocuente: si bien su primera opción fue “Frida Kalho” de quien comenzó por destacar “su talento” y “su manera de pensar”, cortó en seco esta argumentación para afirmar que a quien realmente admiraba, “aunque sea más mundana”, era a su prima: “una mina no resiliente en el sentido que se usa ahora (…) No en el sentido liviano de la palabra”. En tanto, Ruben, un ingeniero textil ya jubilado, mencionó en primer término a su esposa, seguida por San Martín y Eduardo Galeano. Dispuesto a explicar esta selección sus palabras se concentraron en su esposa, de quien remarcó su compañerismo y paciencia a lo largo de varias décadas de matrimonio, también el modo en que ha cuidado y sigue cuidando de hijos y nietas.
No fue hace tanto tiempo, sino en la primera década de este siglo, que un programa de televisión abierta como “El gen argentino” (que alcanzó picos de audiencia y votaciones del público récord) consagraba a San Martín como “el argentino más grande” tras acalorados debates que enfrentaron a distintas figuras públicas; o que lectores pertenecientes a las clases medias y a los sectores populares convirtieron en best sellers los libros de Felipe Pigna, Jorge Lanata y Marcos Aguinis. En ellos, figuras como Manuel Dorrego o Juan B. Alberdi resultaban inspiración, modelos y claves que ayudaban a proyectar el futuro del país (Semán y Merenson, 2007b). Fue, vale decir, un gesto temporariamente fructífero y potente por algunos motivos que vale la pena enumerar: la masificación de los mundos sociales letrados, la conexión entre estos y los movimientos sociales en auge, el acceso progresista a palancas de la gestión pública y un panorama económico transitoriamente tranquilo entre 2003-2007. Todo ello habilitó que algunas modulaciones y algunos términos del lenguaje político específico se juzgasen unívocos, encarnados y consagrados: “colectivo” y “referente” podrían resultar dos buenos ejemplos de ello. Que esto hoy nos llame la atención posiblemente hable más del rumbo que tomó la agenda y el lenguaje de las ciencias sociales que de los procesos seguidos por nuestros interlocutores. La pérdida de la centralidad en la agenda de las ciencias sociales de la institución familiar -más allá de sus nuevos formatos y composiciones sexo-genéricas- como uno de los ámbitos centrales en los que se configura la experiencia, algo que por otra parte le fue observado también a Thompson en su abordaje de la clase obrera inglesa (véase Davidoff y Hall, 1994), requiere hoy de nuestra consideración. Hay una suerte de inercia que parece considerar a la familia (sus diversos arreglos, y las configuraciones de sentido en que se apoya o genera) un simple mecanismo de reproducción social, como si en la vida social existiesen algo así como engranajes. Para nosotros esto es mucho más complejo: la individualización convive con ideales y proyectos de familia que le ponen rumbos, inflexiones, posibilidades y restricciones a la vida social, por lo que esta varía con la variación de los proyectos y arreglos que se producen en ellos.
A distancia de los grandes proyectos sociales más o menos reformistas o emancipadores mencionados arriba, nuestras conversaciones iniciadas en 2019 indican persistentemente que las expectativas y los logros trascendentes son los que pueden narrarse en primera persona y suceden dentro o cerca de casa, que las referencias inspiradoras se encuentran en “personas terrenales”, “gentes del bien” y sus respectivas “historias mundanas”. Así como la conceptualización del vocablo “colectivo” no responde a lo que el lenguaje de la política y parte de la teoría sociológica imputa, la densidad de admiraciones e inspiraciones múltiples no cabe en el vocablo “referente”, al menos no en toda su extensión y sentido. Existen razones complementarias para que así sea, nos referimos a la reciente, pero masiva construcción de intimidad con las figuras públicas, particularmente las políticas, evidente en el privilegio de su estatus de persona y el empleo de nombres de pila para referirlas: admirar a “Javier, nuestro presidente, porque es un hombre que persigue sus sueños”, a “Cristina, porque es la mina que se la re banca”, como también hemos escuchado, no difiere demasiado de las descripciones de parientes citadas más arriba. En nuestras conversaciones lo personal no era sistemáticamente político, pero lo político –cuando se presentaba- era necesariamente personal.
Fitoussi y Rosanvallon (1997) advirtieron este desplazamiento indicador de nuevos clivajes de diferenciación que, en sus énfasis individualizadores, exponen las tensiones que estructuran nuestras sociedades. Observaron por ejemplo que, en un momento en que la derecha francesa comenzaba a nombrarse a sí misma de este modo, “la vieja distinción entre progresistas y conservadores [era] reemplazada por personas de buena voluntad y personas que persiguen el poder” (1997, pp. 24-25). En cualquier caso, el énfasis estaba en el retroceso de los sentimientos y mecanismos tradicionales de identificación indicativos de “la crisis de la noción del bien común” (Feijoó, 2001, p. 58); en la creciente opacidad de lo social como “parte integrante de la crisis de lo político” y en las consecuentes dificultades que encontraban las ciencias sociales para captarlo y otorgarle entidad analítica (1997, pp. 31-32). Llegado este punto cabe preguntarse por la relación de todo lo antedicho con los modos de imaginar la estructura social y de establecer auto-enclasamientos. En el siguiente acápite nos concentramos en ello.
Sobre las formas de imaginación sociológica
Nuestras y nuestros interlocutores describieron y en algunos casos esquematizaron la estructura social argentina (de acuerdo con las clases y la proporción relativa que cada quien identificó) apelando a pirámides por lo general equiláteras, de amplias bases y escasa altura, o a dos partes graficadas como simples rectángulos, puntos, conjuntos, asteriscos o líneas paralelas. Las auto-identificaciones de clase que escuchamos no pueden comprenderse disociadas de estas formas de la imaginación sociológica. De acuerdo con ellas, encontramos que considerarse de “clase media” no necesariamente supone situarse a mitad de camino entre una parte superior y otra inferior. De hecho, la hemos encontrado ubicada en la base social, sosteniendo a la “clase media baja”, a la “clase baja” y a “vagos que no trabajan”. En tanto, considerarse de “clase baja” no implica necesariamente situarse en la base, sino más bien componer un grupo completamente disociado del que componen otros. En cualquier caso, como mencionábamos al comienzo, la autoidentificación de clase en y por sí misma informa poco si ésta se presenta recortada de la configuración y de la relación con el resto de las partes identificadas y sus proporciones relativas. Cuando la interrogación por la “clase subjetiva” no se limita a una serie de opciones preestablecidas o no resulta cristalizada en los a priori de las investigaciones cualitativas, los resultados pueden dejar expuestas nuestras propias dificultades para otorgarles legibilidad.
Llegados aquí, vale decir que las diversas nociones y usos de “clase social” emergieron en nuestras conversaciones sin necesidad de tematizaciones específicas al respecto. Las personas que entrevistamos piensan y articulan argumentos apelando a este clivaje con suma frecuencia: lo hacen para caracterizar barrios, objetos, bienes, consumos, instituciones públicas y privadas, a sus amistades y familiares; también para identificar quienes se ven beneficiados o perjudicados por un determinado modelo económico o para justificar quienes deberían -o no- ser tenidos en cuenta por el Estado. Aun así, establecer y describir qué clases sociales existen hoy en Argentina y situarse en una de ellas, no siempre resultó una tarea sencilla. Sumergidos y entreverados en múltiples criterios que mostraban a nuestros y nuestras interlocutoras en inflexiones más o menos marxistas, weberianas o bourdeanas, lo cierto es que aquello que lograba definir las elaboraciones era la experiencia conjugada en términos sumamente próximos. Detengámonos ahora en algunas de estas elaboraciones.
En el verano de 2022 y en su hablar apasionado, Arturo, médico cirujano a quien ya nos referimos, se consideró parte de la “clase media ahí”, aunque rápidamente optó por precisar y establecer su pertenencia a la “clase mierda”, aquella que ubicaba entre la cima de una pirámide compuesta por “quinientas familias que nos manejan el bolsillo, la vida en general” y quienes en la base sobreviven y componen la “clase baja” y la “clase ultrabaja”. La segunda autonominación escogida por Arturo –“clase mierda”- y el juego de palabras que propone es conocida y se inscribe en la genealogía que entronca el peronismo y la cultura de izquierda en la que se socializó desde pequeño. Sin embargo, Arturo no arribaba a esta posición desde la automortificación y el “purgatorio” (Altamirano, 2000), sino más bien desde un genuino desconcierto generado por el argumento que empleó para explayarse:
mirá, no sé… tengo un amigo, juego al fútbol con él, que trabaja en la cabina de peaje, que cuando me ve pasar me levanta la barrera. Una vez le pregunté cuánto ganaba y triplicaba mi sueldo [como médico cirujano de un hospital público], con la misma carga horaria.
Su observación, vale aclararlo, estaba más dirigida a puntualizar el estado del sistema de salud en general y la falta de reconocimiento de lo que definía como “mano de obra calificada” (en sus términos eso es un cirujano) que a indicar un deterioro económico personal u objetar el salario de su amigo. Lo que es seguro, ya en parte lo hemos abordado (Merenson, 2023) y lo retomaremos también a continuación, es que la imaginación sociológica se inscribe en el desacople entre empleo, ocupación e ingreso sin que de esto derive una forma monolítica de interpretar sus implicancias.
La aceleración de las trasformaciones societales y la desestabilización en la construcción de la subjetividad de los actores resultaba elocuente en las reflexiones de Arturo. Cuando volvimos a conversar con él tiempo después, en marzo de 2025, ya no se consideraba parte de la “clase media/mierda”: entendía que estaba “yendo a la baja”. Su idea de la estructura social también había cambiado sustantivamente: “La [clase] media está acá”, decía señalando el rectángulo inferior del esquema que bosquejó y compartió con nosotros, y al que denominó “clases bajas”. Su dimensión era exponencialmente mayor al rectángulo que denominó “clases altas”. Entre ambos, decía, “veo la brecha, un escalón muy alto. No veo movilidad social ascendente”. Nuestra observación respecto de la ausencia de las clases medias en el esquema que nos propuso encontró una respuesta tajante:
No, no está. Porque la clase media puede [tener] una casa linda, con una linda puerta, pero [tiene] así de boletas para pagar… Tiene una linda casa, tiene un autito en la puerta, los chicos en la escuela privada, pero deben… por lo menos lo veo así a mi alrededor.
Para Andrea, artista plástica a quien también ya nos referimos, la estructura social argentina estaba compuesta por una mínima “clase alta”, seguida de una pequeña “clase media” en la que se situaba como parte de “un híbrido extraño” y una enorme base que denominaba “piquetera”. Andrea arribó a esta figura comenzando por advertirnos que “uno habla de lo que conoce, lo que tiene a mano, lo que veo en mi cotidianeidad” para luego afirmar que, en la cima, “hay una clase alta que está, que existe”. Era aquella que observaba en algunas situaciones puntuales (cuando va a dejar a sus amistades a Ezeiza y ve que no hay lugar para estacionar) y que detallaba minuciosamente a partir del estilo de vida de una de sus amigas más cercanas, artista al igual que ella, quien la invita a almorzar en “lugares extravagantes, maravillosos” y muy costosos. Seguido de este segmento ubicaba a “la clase media que vive con miedo” y que describía a partir de su propia experiencia: “sí, miedo”, nos decía visiblemente angustiada,
llega la factura [de energía eléctrica] y yo tengo miedo cuando la abro porque no sé si la voy a poder pagar. Tengo miedo de estar en mi casa porque no sé si me van a entrar [a robar]. Tengo miedo de enfermarme porque no sé [para] cuándo me van a dar un turno [médico].
Por último, como ya mencionamos, en la base ubicaba a “los piqueteros, que cada vez son más y cada vez tienen más exigencias”. La magnitud de este último segmento la preocupaba particularmente: “no sé cómo vamos a salir [adelante] si son más ellos que nosotros”.
La última frase y la pirámide propuesta por Andrea se ajusta a la idea de una “auténtica regresión al período oligárquico -signado también por un orden liberal- que pierde toda referencia a los mecanismos sociales de generación de las carencias básicas” (Pérez-Sáinz, 2014, p. 445) que, en este punto específico, sí contemplaba el progresismo de Arturo. Para Andrea, el conflicto central no radicaba en lo que el médico cirujano ponderaría (la administración estatal de las desigualdades o en la gestión pública eficiente y justa de las diferencias), sino en la erosión de la “igualdad” en tanto relación social que constata y valida en su cotidianeidad. Captemos esto último en sus propios términos:
Yo te hablo de lo que conozco. La vicedirectora de la Escuela de Artesanías [de un municipio vecino] gana la mitad que la hija de la señora que trabaja en la casa de una amiga mía que tiene todos los planes y no trabaja. La vicedirectora de la escuela de artesanías [municipal] trabaja todos los días, de 5 de la tarde a 11 de la noche, más los sábados y los domingos que son las ferias que van rotando. No tiene vacaciones, tiene una formación terciaria y… ¿Dónde está la igualdad? O sea, a mí me parece bien que se le ayude a la gente que no puede momentáneamente… pero, ¿así?
Como ya mencionamos, entre nuestras y nuestros interlocutores no fueron pocos quienes describieron una estructura social compuesta por dos partes: “clase alta y clase baja”, “ricos y pobres”; incluso hubo quienes indicaron una sola fracción claramente identificable como tal: “la [clase] alta y el resto”, apuntaba Leticia, “la [clase] alta y los de abajo”, decía Leonor. Estas descripciones no sólo daban cuenta de una estructura polarizada, sino también de la desconexión, de la distancia infranqueable entre “mundos distintos” signados mayormente por la asimetría en la capacidad de compra. “¿Cómo te explico?”, decía Ignacio señalando el margen superior de su figura: “un tipo acá se puede comprar lo que quiera, no sé…las zapatillas que quiera, todas las que se le cante, de la marca que se le cante. Para [comprar un par] yo debería ahorrar y bastante”. A los fines de nuestro argumento, lo importante aquí es que estos binomios también son resultados de la experiencia conjugada en primera persona.
Leticia, mecánica dental y pensionada de unos 50 años, también referida páginas arriba, nos habló de “la clase alta y el resto”. En este binomio se situó en el segundo término, como parte de “la clase que ya no es clase media”. En la clase alta ubicó a quien “todo este sistema le favorece”, “no tiene problemas” y concentra el poder real. “Antes”, nos decía, se encontraban allí “los empresarios, pero hoy también son los funcionarios que se han hecho millonarios. No solo eso, también los sindicalistas [que] han hecho fortunas”. Leticia consideraba que hoy “la brecha” entre estos y “los de abajo” es tan grande que ya no podía asegurar la existencia o decirse parte de “la clase a la que estaba acostumbrada. Una clase que tenía una casa en Las Toninas y un autito”. A ello sumaba que, a diferencia de “otra época” no tan lejana en la que ella misma pudo viajar a España, hoy ya no conoce “gente que vaya al Caribe” de vacaciones. En tanto Rafa, quien con unos 30 años convivía con su pareja con la que trabajaba en el taller gráfico propiedad de su padre, también consideró la existencia de una estructura social polarizada, compuesta por “ricos y pobres, nada más. [Porque] la clase media ya fue”. En un extremo –no superior- situó a “los chorros de siempre, políticos, empresarios” y, en el opuesto, “a los que viven mantenidos por el Estado, los planeros, que ganan plata sin trabajar”. En este esquema, Rafa se consideraba “uno de los pocos boludos que mantiene a los guapos”, siendo parte de lo que identificó como “clase social monotributista”.
Leticia y Rafa no fueron los únicos entre nuestros y nuestras interlocutoras que hicieron de los avatares de la propia movilidad la medida de la estructura social propuesta y el puntapié de lo que resultaron creativas nominaciones para las partes identificadas. A lo largo de nuestro trabajo de campo escuchamos de la existencia de la “clase media millenial” y la “clase media bajadora”, también de la “clase top-top” y de la “clase zombie”. En cualquier caso, las distancias y diferenciaciones que buscaron establecer con ellas no resultan ya, como sugerían para los años 1990 Minujin y Kessler (1995, p. 13), naturalizadas o producto de los propios errores acometidos: hoy, plagados de denuncias, estos diseños de “clase a la propia medida” registran en muchas y diversas circunstancias que la experiencia que cuenta es aquella que se conjuga en términos propios, y que la diferencia realmente significativa es aquella que puede ser registrada “cuerpo a cuerpo”. El amigo de fútbol, la amiga también artista, la hija de una empleada doméstica conocida no conforman meros ejemplos figurativos, son puntos de partida de argumentos que se desprenden de reflexiones críticas, sustentadas en debates que las y los agentes quieren y están dispuestos a dar. A continuación, reflexionamos sobre algunas de sus implicancias, pues es momento de oírlas.
Palabras finales
Al inicio de estas páginas nos referimos a los estudios sociológicos y antropológicos que en los primeros años de este siglo buscaron analizar los desenlaces del ciclo neoliberal tras la crisis de 2001 que identificamos como una suerte de “momento thompsoniano” en la producción local. Había, como indicamos, buenas razones para ello. No obstante, la pregunta que hoy cabe es si estas razones persisten y qué es lo que Thompson puede ayudarnos a entender de nuestro presente: ¿qué podemos decir acerca de la intensificación y aceleración de la experiencia y la individualización pragmática en el lenguaje de las clases y la imaginación sociológica que describimos hasta aquí? De otro modo, qué nos permite pensar hoy cuando, justamente, la experiencia y las “costumbres en común” que por décadas validamos como puntos cardinales parecieran resultar a los ojos de nuestras y nuestros interlocutores cada vez menos trascendentes o relevantes. ¿Es esto efectivamente así? Nuestra pregunta, vale aclararlo, no da por válido ni sienta posición sobre el eclipse del predominio del “enfoque culturalista” en pos del auge de la economía política advertido por Kalb (2015). Aunque reconocemos la pertinencia de la periodización propuesta por el autor para la conceptualización de “clase social”, particularmente en la antropología producida en los países centrales, es otro nuestro punto.
Tal como desarrolló Bauman (2011, p. 47), la formación de la clase en Thompson se ajusta a la hipótesis de la “revolución de las expectativas crecientes”. Recordemos la paradoja que está en su inicio: hacia mediados del siglo XIX “la mayor parte de las personas tenían ‘un mejor pasar’ que sus predecesores cincuenta años antes, pero habían sufrido ese leve mejoramiento como una experiencia catastrófica” (Thompson en Bauman, 2011, p. 470). La dinámica que siguió este hiato –en el que cristalizaron los conflictos y tensiones que llevaron a la sociedad de clases- fue lo que condujo al historiador a pensar la noción de “clase social” no como una estructura o categoría, sino como un fenómeno histórico en el que el sistema de autoridad, los valores morales, el arte, las creencias religiosas y su sedimentación en experiencias compartidas tienen un peso crucial.
No podemos afirmar las prácticas de nuestras y nuestros interlocutores hoy cuestionen masiva y contundentemente el punto de partida thompsoniano, pero sin duda en las reflexiones que compartieron con nosotros hay indicios de sus fisuras: la centralidad del hogar, la familia y el cálculo que orienta las más diversas prácticas y acciones parecen ir en esta dirección. A riesgo de extremar nuestro argumento, o con el objetivo de transparentar lo anterior, podríamos preguntarnos si lo común es la disolución de lo que hemos normatizado y, no en pocos casos, enaltecido como “común”. Las experiencias conjugadas en primera persona y su contracara, las opacidades relativas a lo “colectivo”, indican no sólo la relevancia de otros espacios o ámbitos de configuración a veces desatendidos, sino también otro estatus epistemológico para la noción de “experiencia”. El impacto sobre ella del proceso de individualización y los modos de imaginación sociológica que despegamos arriba así parecerían indicarlo. La experiencia sigue oficiando como punto de conexión entre la agencia y la estructura, pero no necesariamente deriva hoy en una identidad de clase a la vieja usanza, nos referimos a aquella que en el impulso igualitario nos permitía proyectar roles históricos que, en rigor, siempre nos sorprendieron. El plebeyismo igualitario que habita en el repudio a la casta, no encontró tanto como otrora un lugar en el peronismo ni en “lo popular”.
Lo abordado en este texto nos coloca en otra página y, al mismo tiempo, señala una suerte de paradoja: la fragmentación notable de la experiencia, antes que horadar la noción de clase social la relanza. De esta persistencia nos interesa apuntar algunas cuestiones que merecen mayor atención y no pretendemos saldar aquí. Reponerlas no supone descartar la conceptualización thompsoniana o aggiornarla, sumando a ella una perspectiva interseccional, aunque sabemos que las tensiones entre las desigualdades estructurales de clase y las diferencias basadas en diversas dimensiones culturales y sociales, que “son contingentes y cambian todo el tiempo” (Jelin, 2020, p. 158), resultan cruciales en la definición de las agendas políticas en pugna. Supone, fundamentalmente, advertir una serie de importantes transformaciones que hoy están reorganizando las lecturas del mundo social.
Si “clase” persiste en la reflexión, el lenguaje y las prácticas es justamente porque ha logrado autonomizarse de aquello que buscamos reglar. Es esta operación de autonomización -no delirante, no infinita, como ya indicamos- la que sigue volviéndola eficaz en su encuentro con la experiencia propia. El tránsito histórico lo hizo posible: produjo una lógica de clasificación por parte de los agentes que permite discernir configuraciones de la estructura social diferentes de la que perciben la crítica social y el lenguaje político. Se trata de una actividad clasificatoria intensa que revela no sólo una transformación del resultado de la clasificación, sino de la propia actividad de clasificación, de sus parámetros, de su velocidad y de las observaciones empleadas. A continuación, enfatizamos en dos transformaciones que enmarcan lo anterior y, en esta instancia, consideramos clave.
La primera, que puede desprenderse de los acápites anteriores, está dada por el protagonismo que adquiere el Estado que, lejos de desplazar, subsume al capital. Es contra la valoración de la experiencia en torno a la acción estatal que se recorta la sociedad de clases imaginada por buena parte de nuestras y nuestros interlocutores. Es “el Estado” aquel que determina la base (“la gente que recibe ayuda” / “planeros” / “piqueteros”), la cima (que evade o soporta la presión tributaria) y la composición siempre dinámica del centro (en el que hacen equilibrio jóvenes que monotributan, profesionales, pensionadas/os y jubiladas/os cuyos ingresos dependen del cálculo previsional y obreros calificados que se ven alcanzados por el “impuesto a las ganancias”). Esto incluso es así cuando el centro se descentra para componer una imagen polarizada de la sociedad que obliga a sumar creatividad basada en la experiencia. La segunda se presenta asociada a la anterior: el protagonismo del Estado como una suerte de megacorporación (Comaroff y Comaroff, 2013) que sustituye la promoción de ciudadanía social por la gestión de “capital humano” y configura el “empoderamiento por individualización” descrito por Pérez Sáinz (2014) en todas las dimensiones de la vida. Tal como buscamos exponer hasta aquí, este enfoque atraviesa y se distribuye en torno a opciones más o menos democráticas u autoritarias, ofreciendo subjetivaciones de la estructura social como las descritas. Nuevamente, si clase persiste posiblemente se deba más a la habilitación de esta posibilidad que a los distintos criterios empleados para capturarla. Advertir sus dinámicas, hacer lugar a las denominaciones empleadas e identificar los sujetos que construye, resulta fundamental para reestablecer una perspectiva dialógica que nos permita afrontar la crisis de legibilidad y comprensión de la vida social que nos ataña.
Roles de colaboración
Escritura - revisión y edición: Silvina Merenson y Pablo Semán.
Agradecimientos
Nuestro agradecimiento a Jerónimo Pinedo, su lectura aguda realmente mejoró sustantivamente este artículo. Desde ya no es responsable de los errores que puedan advertirse, estos corren por nuestra cuenta.
Financiamiento
Proyecto de Investigación Plurianual (PIP) “Autoidentificaciones de clase, materialidades e implicaciones políticas en dos municipios del conurbano bonaerense”, aprobado en 2023 y financiado por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
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Recepción: 01 marzo 2026
Aprobación: 01 abril 2026
Publicación: 01 agosto 2026